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Full text of "Vida del siervo de Dios Nicolás Ayllón : o por otro nombre Nicolás de Dios, natural de Chiclayo"

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RUBEN VARGAS UGARTE, S. J. 



VIDA DEL SIERVO DE DIOS 
NICOLAS AYLLON 

O POR OTRO NOMBRE 
NICOLAS DE DIOS, NATURAL DE CHICLAYO 




IMPRENTA LOPEZ • BUENOS AIRES 



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in 2014 



https://archive.org/details/vidadelsiervocleclOOvarg 



VIDA DEL SIERVO DE DIOS 
NICOLAS AYLLON 

O POR OTRO NOMBRE 

NICOLAS DE DIOS 
NATURAL DE CHICLAYO 



Romae 16 Octobris a. 1950 



NIHIL OBSTAT. 

(L. S.) Nicolaus Ferraro, S. R. C. Adsessor. 

Fidei Sub-Prometor Generalis 



Imprimí Potest. 

F. E. Mac Gregor S. J. 

Praepositus Viceprov. Peruv. Soc. Jesu. 
Limae, 3 Junii, 1%0 



Imprimatur. 

t Josephus, Episc. Aux et 
Vicarius Generalis. 



Limae, 31 Oct. 1960. 



/ 

RUBEN VARGAS UGARTE, S. J 



VIDA DEL SIERVO DE DIOS 
NICOLAS AYLLON 

O rOR OTRO NOMBRE 

NICOLAS DE DIOS 
NATURAL DE CHICLAYO 




IMPRENTA LOPEZ 
BUENOS AIRES 



Con las licencias 
necesarias. 



i 



Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723 
Impreso en la Argentina — Printed in Argentina 



Se terminó de imprimir el día 30 de junio de 1964 en la 
Imprenta López — Perú 666 — Buenos Aires — Rep. Argentina 



ÍNDICE 



Pág. 

Protesta del Autor 9 

Fuentes de este trabajo 11 

Prólogo 13 

Capítulo: 

I. Una flor silvestre 17 

II. A la sombra del claustro 21 

III. El Oficial de Sastre 25 

IV. Un Maestro como hay pocos 29 

V. Sombras en el cuadro 33 

VI. Un nuevo Hogar 36 

VIL Retorno a la patria 40 

VIII. La Casa de Jesús, María y José 43 

IX. Padre de Pobres 48 

X. Lo que pueden unas tijeras 52 

XI. Apóstol de los Indios 57 

XII. Virtudes raras 62 

XIII. Vida interior 65 

XIV. El Descanso eterno 69 

XV. La Glorificación 73 

XVI. La Fundación de Nicolás 79 

XVII. EJ Monasterio de Jesús María 86 

XVIII. La Causa del Siervo de Dios 89 

Apéndice 95 



7 



PROTESTA DEL AUTOR 



En las expresiones que aparecen en esta obra, así al 
calificar las acciones del Siervo de Dios como al referir 
los hecnos que se le atribuyen, no ha sido ni es la mente 
de autor prevenir el juicio de la Iglesia sobre su santidad 
y la heroicidad de sus virtudes, todo lo cual no le perte- 
r.ece, conformándose puntualmente con las disposiciones 
emanadas de la Sagrada Congregación de Rkos en el 
decreto apostólico del año de 1625 y confirmado por la 
Santidad de Urbano VIII en el año 1634 



FUENTES DE ESTE TRABAJO 



1. Proceso hecho en Lima con autoridad del Ordinario en 1683 
y siguientes, remitido a Roma en 1690. Copia auténtica del mismo 
en el Archivo Vaticano. Sac. Congregado Rituum, Legajos 
1309-1310. Copia fotostática de este Proceso fue obtenida por mi 
medio y se halla hoy en poder del Comité Nacional Nicolás 
Ayllón. El original que quedó en el Archivo Arzobispal de Lima 
fue solicitado más tarde por el Tribunal de la Inquisición de 
Lima y no fue devuelto. Debió perderse como otros muchos pape- 
les del Santo Oficio, en los primeros años del S. xix. En el Archivo 
de la Sag. Congregación de Ritos, fuera de los dos legajos cita- 
dos, se guardan otros dos códices, de corto número de páginas 
con la documentación seguida para la introducción de la Causa, 
el 20 de Mayo de 1699 y luego otro procesillo sobre la continua- 
ción de la misma que ostenta la fecha, 9 de Jidio de 1704. 

2. Archivo Arzobispal de Lima. Existen en este Archivo algu- 
nos papeles relativos a los Procesos llevados a cabo con autoridad 
del Ordinario. Son copia coetánea. 

3. No obstante los deslices en que incurre el autor, la Vida 
del Siervo de Dios, Nicolás de Dios, del P. Bernardo Sartolo, 
de la Compañía de Jesús impresa en Madrid en 1684, ha sido 
consultada con frecuencia. Los ejemplares de esta obra son hoy 
día escasos. Nosotros hemos utilizado el que poseen las religiosas 
de Jesús María. El P. Sartolo utilizó las noticias que se le remi- 
tieron y la Oración Fúnebre que pronunció en las Exequias de 
Nicolás el P. José Buendía, de la Compañía. 

Otras dos vidas del Siervo de Dios se citan, pero no hemos 
alcanzado a ver una y otra. Se dice que el P. Alonso de Cereceda. 
Rector del Colegio de San Martín en 1679, escribió una Vida de 
Nicolás, pero fuera del Anónimo, ningún otro la cita. El P. Fray 
Matías Lisperuger, de la Orden de San Agustín, pidió a María 
Jacinta los borradores que ella conservaba de las declaraciones de 



11 



los testigos en los Procesos, para servirse de ellos y trazar su 
biografía, pero no sabemos si llevó a cabo su propósito. 

4. Un contempcráneo de Nicolás y compadre suyo y buen 
cristiano, escribió unos Apuntes sobre la vida del indio de 
Chiclayo y los terminó en 1679. Estos Apuntes se conservan en 
el Archivo del Monasterio de Jesús María y, en nuestro sentir, 
son una de las fuentes más seguras para el conocimiento de 
nuestro biografiado. 

5. La Madre María Jacinta, esposa que había sido de Nicolás, 
dejó también unos apuntamientos sobre el origen del Recogimien- 
to de Jesús María y José y en ellos, como es natural, se refiere 
a Nicolás. Estos apuntamientos fueron publicados por nosotros en 
el tomo V de la Eiblioleca Histórica Peruana (Lima, 1947), junta- 
mente con la Relación del Viaje de las Fundadoras del Monas- 
terio de Madrid a Lima. 

Éstas son las fuen.es básicas de que nos hemos servido y, 
entre ellas, sobresale, como hemos dicho, la Relación del Anóni- 
mo. Éste conoció y trató de cerca a Nicolás y era hombre de 
buena conciencia. Abona su testimonio el hecho de haberla leído 
el P. Cristóbal Bravo, uno de los confesores de Nicolás, el cual 
la halló en todo conforme a la verdad. 



PRÓLOGO 



Hace trescientos años moría en Lima un indio 
sastre, cuyo taller abría sus puertas en la calle de 
La Merced, y más tarde en la que hace esquina con 
ella, bajando hacia San Marcelo. Cuando por la 
ciudad se esparció la noticia de su muerte, gentes 
de todas las clases sociales acudieron a la Casa de 
Jesús, María y José a venerar su cadáver. Los pri- 
meros en celebrar sus exequias fueron los religio- 
sos del Beato Juan de Dios del vecino hospital de 
San Diego, pero a los pocos días el Cabildo de Lima 
deseó también honrar al difunto y dispuso que en 
la misma iglesia se le rindiera idéntico homenaje, 
al cual se hallaron presentes el Virrey, Conde de 
Castellar, la Real Audiencia, los Alcaldes y Regi- 
dores y muchos Caballeros de la Nobleza. 

¿Quién era este indio que así había puesto en 
conmoción a la ciudad entera? Llamábase Nicolás 
y había adoptado el apellido de su protector, 
Ayllón, pero su bondad, su fervor religioso y su 
amor a los pobres y necesitados le habían conquis- 
tado otro apelativo y era más conocido por Nicolás 
de Dios. 



13 



Su memoria no se desvaneció de inmediato, pero, 
lentamente, con el correr de los años, éstos la fueron 
hundiendo en la fosa del olvido y, unos después de 
otros, fueron añadiendo una paletada de tierra hasta 
sepultarla. Pero escrito está que la memoria de los 
justos ha de sobrevivir de una a otra generación y 
éste es el caso de Nicolás. 

Hace algún tiempo que ha comenzado a revivir 
su figura y en el ambiente de esta vieja ciudad de 
Lima, transformada por el progreso, cuyas aveni- 
das le van robando al valle su antiguo verdor, vuel- 
ve a resonar como antaño su nombre y la atención 
de muchos vuelve a sentirse atraída por el humilde 
hijo de Chiclayo. Un Comité Ejecutivo Nacional 
se ha encargado de promover su causa y en muchos 
lugares de la República se han creado centros simi- 
lares destinados a perpetuar de una vez para siem- 
pre el recuerdo de las virtudes que adornaron su 
vida. 

Cediendo a instancias del citado Comité, he to- 
mado la pluma para diseñar en breves páginas el 
retrato de Nicolás de Dios y la tarea ha sido pla- 
centera para mí, porque estoy persuadido que la 
vida de este indio artesano, es un ejemplo que hoy 
más que nunca conviene hacer resaltar a los ojos 
de nuestro pueblo y la lección que de ella se des- 
prende es precisamente la que más necesita apren- 
der el mundo de Hoy. 

Nicolás era un hijo del pueblo; por su raza estaba 



] 4 



vinculado a uno de los grupos raciales más nume- 
rosos del Perú; fue un honrado artesano que con 
su trabajo alcanzó una más que mediana pasadía 
y, sin vestir el hábito religioso, fue dechado de 
virtudes y sobresalió en la que es reina de todas: 
la caridad. Por esto Nicolás, se nos presenta más 
accesible, más humano, pero al mismo tiempo nos 
demuestra con sus obras la posibilidad de vivir en 
el mundo, cumplir los deberen del propio estado y 
servir a Dios y a los prójimos con perfección. 

No se ilusionaron sus contemporáneos, aunque 
la época era de indudable fervor religioso, cuando 
a su muerte le aclamaron como a Santo. Por lo 
mismo que entonces la Santidad no era una flor 
exótica, se sabía distinguir entre el oro acendrado y 
el de baja ley, entre la verdadera y sólida virtud y 
la hechiza y aparente. 

Y a este juicio de los contemporáneos se ha adhe- 
rido la posteridad. El lector que revuelva estas 
páginas no podrá menos de admirar la mano de 
Dios que condujo a Nicolás, por vías al parecer 
extraviadas, a la santidad y quedará asombrado al 
ver lo que pudo llevar a cabo en provecho de sus 
semejantes, este pobre menestral que con tan esca- 
sos bienes de fortuna, pues ellos podemos decir 
que se reducían a su aguja, remedió tantas necesi- 
dades, enjugó tantas lágrimas, apartó a tantos del 
camino de la perdición y fue el alivio y consuelo 
de los pobres y necesitados. 

15 



Su vida fue escrita e impresa en Madrid el 
año 1684, pero el autor, extraño a nuestro suelo y 
sin la documentación necesaria, no pudo legarnos 
un retrato acabado de nuestro héroe. Causas diver- 
sas que luego enumeraremos, la han hecho extrema- 
damente rara y por esta razón la obra presente se 
hacía en cierto modo necesaria. Seguiremos el mis- 
mo plan que nos trazamos en la vida de Santa Rosa 
y de San Martín de Porras. Utilizaremos las mejo- 
res fuentes, a fin de que la verdad presida nuestro 
relato, pero al mismo tiempo procuraremos ser con- 
cisos y amenos, con el objeto de que no decaiga la 
atención del lector y el libro corra sin tropiezos por 
las manos de todos. Que el mismo Siervo de Dios 
favorezca nuestro intento y haga que este pequeño 
libro redunde a mayor gloria de Dios. 

Rubén Vargas Ugarte, S. J. 



16 



Capítulo I 



UNA FLOR SILVESTRE 

El valle de Llampallec, como le llamaron sus 
antiguos pobladores o Lambayeque, como decían 
los españoles, es uno de los más feraces del Norte. 
Situado a medio camino entre los de Piura y Tru- 
jillo, fue asiento de una de las culturas preincaicas 
más avanzadas y, según la más común opinión, fue 
trasplantada de Centro América, en donde florecían 
grupos étnicos tan avanzados como los yucatecos, 
mayas y quichés. Por muchas décadas albergó a 
un pueblo hábil e industrioso, los Mochicas, de los 
cuales son descendientes los actuales habitantes de 
la comarca, aun cuando hayan olvidado en gran 
parte la lengua de sus antepasados. 

Los indígenas de la región constituyeron, después 
de la conquista, el llamado Corregimiento de Saña, 
donde se levantó en tiempo del Conde de Nieva, 
en 1563, la villa de Miraflores de Saña, émula un 
tiempo de Trujillo y de San Miguel de Piura, pero 
a la cual las avenidas del río y las invasiones de 
los piratas vinieron a sumir en la ruina. 



17 



Más al Norte de esla villa, dos núcleos de habi- 
tantes, agrupados en parajes llamados Cinto y Colli- 
que, vinieron a constituir la doctrina de Chiclayo, 
encomendada desde un principio a los franciscanos. 
Los indios bastantes en número, levantaron sus bo- 
híos en la vecindad de la cabeza de doctrina y de 
este modo surgió el pueblo que hoy se ha transfor- 
mado en una progresista ciudad, capital del Depar- 
tamento> con sede episcopal y poseedora de todos 
los adelantos de una urbe moderna. 

Aquí nació el 4 de marzo de 1632, Nicolás, últi- 
mo vástago del matrimonio de Don Rodrigo Puycón, 
indio principal y Da. Francisca Faxollem ambos en- 
raizados en la tierra desde muy atrás y descendien- 
tes de padres cristianos 1 . Así él, como sus cuatro 
hermanos y dos hermanas recibieron una educación 
cristiana y un testigo en los Procesos, dice que Nico- 
lás, desde los siete años, comenzó a ser niño de coro 
en la Iglesia de los franciscanos de Chiclayo, por 
su modestia y buena voz. Posiblemente, por esta 

1 Éste era el verdadero apellido de Nicolás, el cual se escribe 
unas veces, como en el texto y otras Fuycom. En los Libros de 
Bautismo de la Parroquia de Chiclayo, este apellido aparece con 
frecuencia y venía a ser el de toda una parcialidad o ayllo. 
Generalmente se da a la madre el apellido Xailón, pero en la 
partida de Bautismo, que reproducimos por entero en el Apéndice 
se escribe Faxollem. Al recibir en 1672 el hábito de donado de 
manos del P. Fr. Miguel Flores, rector de la Tercera Orden, se 
le da a su padre el apellido Lobcón y a su madre se la llama 
simplemente Francisca de Jesús. No es de extrañar que estos ape- 
llidos indígenas los tradujeran mal los españoles. 

18 



causa, uno de los religiosos moradores de aquel 
convento, el P. Fray Juan de Ayllón, lo pidió a sus 
padres, cuando apenas tenía ocho años de edad, a 
fin de que pasase en su compañía al convento de 
Saña adonde estaba destinado 2 . Sus progenitores 
no pusieron dificultad en ello, así por ser varios 
sus hijos como por su espíritu cristiano, pues con- 
fiaban en que su hijo completaría en el convento 
y al lado del P. Ayllón, su educación cristiana y 
podría quedar en él, por lo menos en calidad de 
donado. 

Partió, pues a Saña nuestro Nicolás y en el con- 
vento franciscano de esta villa permaneció dos años, 
sirviendo a los religiosos y en especial a su protec- 
tor el P. Ayllón. Del convento apenas quedan vesti- 
gios, cubiertos en su mayor parte por la arena que 
arrastró el río al inundar la villa. La Iglesia, a 
juzgar por lo que de ella se conserva, debía ser 
sólida y bastante capaz y yergue todavía, entre los 
zarzales y arbustos espinosos que sombrean la ama- 
rilla tierra, algunos de sus pilares. Al contemplar- 
los, se nos vienen a la mente los conocidos versos 
de Rodrigo Caro: 

2 No conocemos la suerte que corrieron sus hermanos. Sólo 
sabemos que uno de ellos llamado Melchor de los Reyes, vino 
también a Lima y, por un tiempo, vivió en compañía de Nicolás. 
Parece que luego perdió el juicio y hubo que encerrarlo en San 
Andrés, donde terminó sus días. 



19 



Estos, Fabio. ay dolor, que ves ahora 
campos de soledad, mustio collado, 
fueron un tiempo Itálica famosa. 

Sólo quedan memorias funerales, 
donde erraron ya sombras de alto ejemplo 
este llano fue plaza, aquí fue templo; 
de todo apenas quedan las señales. . . 



20 



Capítulo II 
A LA SOMBRA DEL CLAUSTRO 

Tenía Nicolás diez años de edad cuando el 
P. Ayllón fue destinado a Lima., con motivo de la 
celebración del Capítulo de la Provincia de los 
Doce Apóstoles, que tuvo lugar en la Recoleta de 
Nuestra Señora de los Ángeles, en julio de 1643. 
El Padre lo llevó consigo, pues aunque Nicolás era 
todavía muy joven, su buena índole y su docilidad 
le convertían en un servidor modelo. El viaje por 
tierra de Saña a Lima hacía forzoso el paso del 
Santa, el más caudaloso de todos los ríos de la 
Costa, tanto que en tiempos de avenidas no dejaba 
de ser peligroso el esguazarlo aun estando Lien 
montados. Por mucho tiempo, el cruce había de 
hacerse con la ayuda de robustos indios Chimba- 
dores, prácticos en el conocimiento del río y de sus 
vados y buenos nadadores en un caso de apuro. 
Siendo así que el trajín era frecuente, así para los 
que subían a los valles del Norte como para los que 
bajaban a Lima, hasta fines del siglo xvin no se 
pensó seriamente en construir un puente, pues por 



21 



la anchura y fuerza del río la obra parecía muy 
costosa y en los alrededores no había ni los elemen- 
tos necesarios ni quienes ayudasen a su costo. 

Era tiempo de Verano, cuando más torrentoso 
corre el río Santa y, según los biógrafos de Nicolás, 
la travesía era a todas luces peligrosa. El padre 
Ayllón y sus compañeros de viaje vacilaron bas- 
tante antes de intentar el cruce, mas, como el tiempo 
urgía, se decidieron a desafiar la corriente. El 
Padre tuvo la buena fortuna de alcanzar la orilla 
opuesta sin mayor riesgo, pero cuando llegó el caso 
de las muías de carga, sobre una de las cuales iba 
el niño Nicolás, el peligro se hizo cierto. La muía, 
sobre la cual iba, perdió pie y, no pudiendo vencer 
la fuerza de las aguas, fue arrastrada por la co- 
rriente. Nicolás iba a seguir su rumbo, pero sin sa- 
ber cómo, una mano poderosa lo condujo sano y 
salvo hasta la orilla con admiración de todos. Debió 
ser el Ángel de su guarda, al cual ya entonces y 
más todavía] en adelante, profesó especialísima 
devoción. Todos celebraron el caso, y el Padre 
Ayllón se felicitó de que hubiese salvado la vida 
su pequeño servidor. 

Llegado a Lima, dirigiéronse el Padre y su fiel 
criado al Convento grande de San Francisco. La 
vastedad de este monasterio, reducido hoy a una 
tercera parte; la amplitud de sus claustros, el nú- 
mero de religiosos, todo ello venía a ser una nove- 
dad para el muchacho chiclayano. Aquí había de 



22 



perseverar seis años, ocupado en las faenas de la 
casa, entre la turba de legos, donados y aun escla- 
vos que discurrían por el Convento, pero, sobre 
todo, dedicado a servir a su protector. 

La vida conventual se deslizaba pacífica y tran- 
quila en estos cenobios franciscanos, libres del bu- 
llicio de la ciudad y donde, fuera del tiempo 
dedicado al coro y a las escasas funciones de la 
Iglesia, el resto del día se compartía entre la ora- 
ción y el estudio. En este ambiente propicio a la 
meditación, el alma del joven Nicolás se saturó de 
piedad y al mismo tiempo se perfeccionó en lo que 
había aprendido en la escuela y le sería de pro- 
vecho en la vida. 

Tal vez brotó en su pensamiento el deseo de 
abrazar el género de vida que allí se llevaba, imi- 
tando a los hermanos legos o a los donados que 
servían en el Convento, pero aún era un niño y el 
mismo P. Ayllón le debió indicar que ya vendría 
el tiempo de tomar una determinación. 

Éste adoleció al poco tiempo de una enfermedad 
que le impedía el uso de sus miembros y Nicolás, 
aun cuando no era enfermero ni entendía de esto, 
vino a constituirse en el alivio y el constante apoyo 
del P. Ayllón. Según dice el P. Sartolo, que lo 
debió tomar de otras fuentes directas, el buen fraile, 
agriado por la dolencia y pronto a desabrirse por 
leves motivos, descargaba su mal humor y su impa- 
ciencia en el humilde indiecito y llegó a veces hasta 



23 



a maltratarle de obra. Todo lo sufría en silencio el 
buen Nicolás y así por espacio de cinco años sobre- 
llevó los desahogos, vituperios y maltratos del pobre 
enfermo. 

No era insensible a estas vejaciones Nicolás, 
como él mismo lo declaró a un pariente suyo, pero 
ya entonces este muchacho sencillo y bueno, había 
aprendido a amar a Dios en sus prójimos y, viendo 
a Dios en ellos, supo sufrir las impertinencias de 
este pobre baldado que, a pesar de vivir en un Con- 
vento, no parece que contara con otro enfermero, 
mientras le duró el mal, que su criado Nicolás. 

Al fin, el P. Ayllón empezó a mejorar de sus 
achaques y sea que él lo pidiera o que sus superio- 
res le dieran ese destino, Fray Juan hubo de pasar 
a una de las Doctrinas que administraba su Orden. 
Tenía ya entonces Nicolás 16 años y el Padre había 
querido que siguiese en su compañía, pero Nicolás, 
después de reflexionar y encomendar a Dios el 
asunto, juzgó que era tiempo de mirar por sí y de 
aprender un oficio con qué ganarse la vida. Despi- 
dióse de su protector y mientras éste se encaminaba 
a su curato, Nicolás se dio a buscar en Lima un 
taller en donde pudiese entrar en calidad de 
aprendiz 1 . 

1 Nicolás no se olvidó de su protector y mantuvo con él 
estrecha amistad, de modo que, cuando decidió casarse con María 
Jacinta, le buscó para que fuese él quien les echase las bendi- 
ciones de la Iglesia. 



24 



Capítulo III 



EL OFICIAL DE SASTRE 

La artesanía, absorbida hoy por la gran indus- 
tria, se asociaba en aquellos tiempos en gremios o 
cofradías dentro de los cuales todos los del mismo 
oficio se comprometían a guardar ciertos estatutos 
que, a más de cautelar los intereses de los asocia- 
dos en común y en particular, establecían una 
estricta gradación en los dedicados a unas mismas 
tareas. Unos eran maestros, otros oficiales y otros 
aprendices. Al primero de estos grados no se lle- 
gaba sino después de algunos años de servicio y de 
un examen en que se comprobaba su pericia y cono- 
cimiento en el arte. 

Quiso la Providencia de Dios que velaba sobre 
Nicolás, que pronto hallase lo que buscaba y, ha- 
biéndose un día encontrado con un Maestro Sastre, 
llamado Sebastián Pérez, se ofreció a entrar en su 
taller en calidad de aprendiz. La ingenuidad y hon- 
radez del muchacho, reflejadas en su semblante, 
inclinaron al Maestro Pérez a aceptarlo y desde 
aquel día Nicolás comenzó a trabajar a sus órdenes, 



25 



dándose a su nuevo empleo con la seriedad y tesón 
que ponía en todas sus cosas 1 . 

Su Maestro no pudo menos de felicitarse de ha- 
berlo recibido, porque fuera de servir de ejemplo a 
los demás aprendices u oficiales por su aplicación 
al trabajo, su genio apacible y bondadoso se ga- 
naba la voluntad de todos y contribuía a que se 
afirmase entre ellos la unión. 

Pronto se hizo diestro en el oficio, pero, confor- 
mándose con lo que había pactado con el Maestro, 
perseveró cuatro años de aprendiz, sin pretender 
aumento de sueldo o pasar adelante. 

De su trato con los franciscanos había sacado 
Nicolás una especial devoción a la Inmaculada y no 
bien hubo reunido algunos reales, luego mandó 
hacer a un pintor un cuadro de la Purísima, a fin 
de colocarlo en la habitación donde dormía. Nicolás 
procuraba adornarlo con luces y flores y, sobre 
todo, en su Novena y festividad, no contento con 
rendirle culto, invitaba a sus compañeros de tra- 
bajo y a otras personas a honrarla y venerarla. 

Por este tiempo también, llevado de su caridad, 
comenzó a frecuentar en los días de fiesta el Hos- 
pital de Santa Ana, fundado por el Arzobispo 

1 En los Procesos, el Bachiller Gregorio de Ayala Astudillo. 
dice que Nicolás fue oficial en la tienda del Alférez Juan Romero. 
Otro dice que su aprendizaje lo hizo en la tienda de Juan Pérez 
Lobo, en la calle de Mercaderes. Posiblemente sea el mismo citado 
en el texto. 



26 



D. Fray Jerónimo de Louiza para los indios. Iba 
allá a consolar los enfermos, les llevaba flores y 
otros regalitos y se ofrecía a prestarles los servicios 
más ínfimos con el fin de ayudarlos y de dar algún 
alivio a sus males. Ya empezaba entonces a tras- 
lucirse en este sencillo artesano su amor a los próji- 
mos que le distinguiría durante toda su vida y que 
vino a constituirle en una imagen laica de San 
Vicente de Paul. 

Aunque el hecho que pasamos a referir ocurrió 
algunos años más tarde, cuando ya Nicolás era hom- 
bre maduro y le quedaban pocos años de vida sobre 
la tierra, lo incluimos aquí como una prueba del 
espíritu de caridad que lo animaba. Según el P. José 
de Buendía, autor de la Vida del V. P. Francico del 
Castillo, hacia el año 1673 afligió a Lima una epi- 
demia gripal que los contemporáneos llamaron cor- 
dellate, como nosotros bautizamos con el nombre de 
trancazo a otras parecidas que nos han visitado mo- 
dernamente. Dice el P. Buendía que la epidemia 
mereció el nombre de traidora porque se presentaba 
como un mal al parecer ligero, pero en algunos 
casos el estado del enfermo se agravaba de pronto 
y muchos sucumbieron en consecuencia. Una de las 
víctimas fue el P. Castillo. Presentóse en el otoño, 
como es frecuente que suceda y los enfermos se 
contaban por docenas. Muchos de ellos eran de hu- 
milde condición y por tanto necesitados de quien 
los atendiese v falicitase el remedio. Nicolás tomó 



27 



sobre sí esta tarea y se afanó por llevar algún alivio 
a sus hermanos y mirar por su curación. Lo hizo 
con el desinterés que ponía siempre en estas obras 
y sin hacer distinción de personas, favoreciendo a 
todos por igual. No pocos debieron la salud a sus 
cuidados y en todos quedó el recuerdo de su soli- 
citud y su caridad. 



28 



Capítulo IV 



UN MAESTRO COMO HAY POCOS 

Cumplido el período de aprendizaje, ascendió 
Nicolás al grado de oficial, después de rendir la 
prueba de competencia. Más adelante se le dio tam- 
bién el título de Maestro y habría podido dejar el 
taller de Sebastián Pérez, pero no lo hizo por gra- 
titud al que lo había iniciado en el arte y continuó 
a su lado hasta su fallecimiento. Entonces se resol- 
vió a abrir un taller por su propia cuenta y lo abrió 
en la calle de La Merced, donde pronto se daría a 
conocer por su pericia y, sobre todo, por su puntua- 
lidad y honradez. 

Por lo que luego diremos hay que convenir en 
que Nicolás pudo hacer fortuna si no hubiese dis- 
tribuido lo que ganaba entre los pobres y en las 
obras buenas que emprendió. Éstas no se explican, 
si no aceptamos que el dinero afluía a sus manos 
y que su aguja y sus tijeras le proporcionaron bue- 
nos pesos de plata. Dios le ayudó, sin duda y su 
sobriedad y vida ajustada le permitió el ahorro, 
pero la principal fuente de su bienestar fue su 



29 



trabajo. Y con ello legó una valiosa lección a cuan- 
tos viven de los oficios manuales. 

Sin embargo, tuvo otra y ésta fue su gran con- 
fianza en Dios que le daba aliento para todo. Pre- 
guntáronle alguna vez: Nicolás, dime, tienes alguna 
huaca de donde sacas lo mucho que gastas, porque 
es imposible que con sólo tu oficio puedas ganar 
tanto. Y respondió: Y vaya, hermano, que tengo 
huaca y la más poderosa y rica, pues en mi Señor 
Jesucristo tengo seguros todos los tesoros y, si quie- 
res, vamos a gozar de ellos, pues a ninguno los 
niega. 

Data de entonces un episodio que el P. Sartolo 
desfigura y del cual no nos da la versión auténtica l . 
Nos hemos referido a su devoción a la Inmaculada. 
Instalado en su nuevo local y como dueño de la 
Sastrería entronizó en ella el cuadro de la Purísi- 
ma que había mandado pintar y si antes se esfor- 
zaba en honrarla y en buscarle devotos, ahora lo 
hacía con más libertad y mayor éxito. Ahora bien, 
en el año 1662, y con motivo de la Bula expedida 
por Alejandro VII, a ruegos del monarca español, 
y en favor de la piadosa creencia, se avivó el fervor 
concepcionista en estas regiones. En Lima los fran- 
ciscanos celebraron un suntuoso octavario y al fin 

1 Todo este episodio lo hemos referido más por extenso en el 
tomo 2 de nuestra Historia de la Iglesia en el Perú. Burgos. 1959, 
p. 464 y s. — V. la Vida de Nicolás de Dios, por el P. Sartolo. 
Libro II, cap. X, p. 394 y s. 



30 



de él salieron en procesión, aclamando por las 
calles a la Inmaculada, seguidos de numeroso 
pueblo. 

En la tarde de uno de los días siguientes un 
grupo de estudiantes de latinidad del Colegio de 
los Jesuítas se presentó en Santo Domingo, donde 
había una procesión de la Virgen por los claustros 
y a voz en cuello empezó a entonar la conocida 
copla: 

Todo el mundo en general, 
a voces, Reina escogida, 
diga que sois concebida 
sin pecado original. 

Los asistentes respondieron a estas voces con el 
mismo fervor y los muchachos, llevados de su entu- 
siasmo, continuaron por las calles repitiendo las 
alabanzas de María y llegaron hasta la iglesia del 
Milagro. Aquí el golpe de gente era ya crecido y 
animados por el concurso, continuaron hasta la 
Iglesia del Colegio de San Pablo, de la Compañía. 
Era ya de noche y algunos devotos empezaron a 
distribuir velas entre el gentío. Tomaron la calle de 
los Plateros y torcieron para La Merced, siempre 
con más número, y al terminar esta calle, vieron en 
la tienda de Nicolás, la imagen de la Concepción 
oue él honraba y que con frecuencia tenía ilumina- 
da. Verla y pedirle al buen sastre la prestase para 
conducirla en procesión todo fue uno. Lleváronla en 



31 



triunfo con más ardor que hasta entonces y la impro- 
visada procesión continuó así toda la noche, can- 
tando a más y mejor las coplas concepcionistas. De 
propósito pasaron por Santo Domingo, desde cuya 
torre les arrojaron algunas piedras. También se 
detuvieron ante el Palacio Arzobispal y el Arzo- 
bispo Villa gómez dio su bendición a la multitud 
desde los balcones de su Palacio, mientras repica- 
ban las campanas de la Catedral. 

Sólo al amanecer vino a disolverse la procesión, 
dejando en San Francisco la imagen de Nicolás de 
Dios, que los religiosos desearon conservar para 
celebrar ante ella el Santo Sacrificio y honrarla con 
el debido culto. Allí permaneció algunos días, pero 
al fin parece que fue devuelta a su dueño 2 . 



2 No falla quien diga que la imagen quedó en San Francisco. 

32 



Capítulo V 



SOMBRAS EN EL CUADRO 

El P, Sartolo en la vida que escribió de Nicolás 
de Dios, nos dice que se decidió a abrazar el estado 
del matrimonio por habérselo inspirado la Santí- 
sima Virgen y en el Capítulo XVII del libro segun- 
do, no duda afirmar que su castidad y pureza en el 
estado de soltero como en el casado puede servir de 
ejemplar y, a renglón seguido, estampa estas pala- 
bras: "Hasta el tálamo nupcial guardó la integri- 
dad de su cuerpo pura y limpia". 

Esta aseveración del escritor jesuíta no está con- 
forme con lo que en los Procesos nos refieren tes- 
tigos de mayor excepción, incluyendo a la misma 
María Jacinta. Nicolás se mantuvo lejos de cuanto 
pudiera manchar su alma hasta la edad en que la 
naturaleza vuelve por sus fueros con más violencia 
y se despiertan con vigor los instintos sexuales, pero 
no tuvo entonces fuerza bastante para sobreponerse 
a ellos y cayó en la tentación. 

No uno ni dos sino varios de los testigos consul- 
tados afirman que, cuando pasaba ya de los 21 años 
y había alcanzado el título de maestro, tuvo amis- 



33 



tad ilícita con una joven mestiza, natural de Tru- 
jillo. Los oficiales que trabajaban en su taller, algún 
sacerdote amigo suyo, declaran que por un buen es- 
pacio de tiempo tuvo trato con esta mujer y algunos 
añaden que de ella le nació un hijo. La misma Ma- 
ría Jacinta que fue su legítima esposa, declaró que 
el mismo Nicolás le había confesado su liviandad y 
le había manifestado que de esta convivencia había 
nacido una criatura que falleció a los pocos años. 

Este hecho y otros que están en contradicción con 
el relato tejido por el P. Sartolo, dieron pie para 
que la causa de Nicolás sufriese algún descrédito 
y para que la Inquisición se resolviese a prohibir 
la obra. Nicolás, como hombre flaco, pagó tributo 
a la débil naturaleza, pero más adelante, poco 
tiempo antes de contraer legítimo matrimonio, cayó 
en la cuenta de su yerro, se arrepintió del mal paso 
que había dado y decidió firmemente no apartarse 
un punto de la ley Santa de Dios. 

¿Cuál fue la causa de su conversión? Lo ignora- 
mos, aun cuando en los Procesos no falta quien lo 
atribuya a haberse hallado presente Nicolás en un 
rapto o éxtasis que en Santo Domingo tuvo una 
joven a cuiien él conocía y se llamaba María del 
Rosario. Pudo ser esta la causa ocasional, pero nos 
inclinamos a pensar que Dios, pensando servirse 
de él para tantas obras buenas como había de em- 
prender, le tocó con su gracia y lo movió a apartar- 
se de una senda que ponía en peligro su alma. 



34 



Por esta misma razón y, sabiendo que el guardar 
castidad perfecta, es un don que ha de venir de lo 
alto y que no es dado a todos alcanzar, como nos lo 
dice el mismo Jesucristo, resolvió abrazar el estado 
de matrimonio. Aleccionado por la experiencia, re- 
conoció con humildad que no era conveniente expo- 
nerse a los peligros que encierra el celibato, cuando 
no se cuenta con la ayuda de Dios y recordando 
aquel consejo de San Pablo: Es mejor casarse que 
no arder en el fuego de la concupiscencia, se deci- 
dió a contraer matrimonio. Dentro de este estado, 
se mantuvo lejos de todo cuanto pudiera quebran- 
tar la fidelidad que debía a su compañera y en algu- 
na forma manchar su conciencia. Más todavía, en 
sus últimos años él y su esposa Jacinta decidieron 
guardar castidad perfecta. 

Lo dicho hasta aquí no mengua su fama. No todos 
los Santos han de ser como Luis de Gonzaga y han 
de conservar intacta la inocencia bautismal. Muchos 
fueron pecadores y grandes pecadores y Dios los 
transformó en grandes siervos suyos y en varones 
eminentes por su virtud, pudiendo decirse de casi 
todos, lo que dijo Jesucristo de la Magdalena: Se le 
ha perdonado mucho poique ha amado mucho \ 

1 En los Procesos hay también una declaración que nos des- 
cubre este lado débil de Nicolás, el cual en el ardor de la 
juventud, no podía menos de sentir el aguijón de la sensualidad 
y no siempre salió triunfante de esta lucha. Comí se trata de 
un caso particular muy explicable por otra parte, no insistimos 
en él. 



35 



Capítulo VI 



UN NUEVO HOGAR 

Nicolás se encontraba ya en posesión de un ofi- 
cio, que le daba más que de sobra para vivir: pasa- 
ba ya de los 24 años y resolvió tomar estado. Como 
siempre, consultó el caso con su Director de con- 
ciencia, tal vez el Licenciado Cristóbal Bravo, que 
lo fue en primer lugar y por mucho tiempo. 

El conocimiento que tenía de los franciscanos y 
e^ haber pasado su niñez en los Conventos de la 
Orden, pudo inclinarlo a pedir su admisión en cali- 
dad de donado, pero la misma experiencia que 
tenía de este género de vida y el deseo que tenía 
de hacer el bien a sus semejantes, le persuadieron 
que no era este el camino por donde Dios le lla- 
maba. Al no entrar en Religión, sólo dos vías se 
abrían ante su vista, o la de permanecer sólo en el 
mundo o la de contraer matrimonio, sobre todo con 
quien pudiese ayudarle eficazmente en sus propó- 
sitos de hacer el bien. 

Muchas veces debió pensar en esto y al fin se 
convenció que debía enlazar su vida con una joven 



36 



honesta y virtuosa. JNo se apresuró en buscarla, 
pero la Providencia quiso que, sin pretenderlo, se 
le ofreciese la ocasión. Entre sus clientes y amigos 
se contaba D. Francisco de Arteaga, casado con 
Da. Catalina Carvajal. Ambos consortes le propu- 
sieron un día tomar estado y le manifestaron que 
ellos tenían esposa que ofrecerle. Llamábase ésta 
Jacinta Montoya y era de raza mestiza, hija natural 
de D. Antonio de Montoya y Espinosa y de una 
india, Juana del Rosario, natural del pueblo de 
Pausa, en Parinacochas. Huérfana o abandonada 
por sus padres se había criado en casa del dicho 
D. Francisco de Arteaga y luego en calidad de 
criada la pusieron en el Monasterio de la Encar- 
nación. A la sazón contaba 16 años de edad y era 
de muy buen parecer. Aunque no resistió a sus 
padres adoptivos, en un principio Jacinta mostró 
repugnancia a casarse con un indio, aunque este 
fuera joven y no estuviese desprovisto de fortuna. 
El P. Sartolo llega a decir que la sola pretensión 
de los esposos Arteaga Carvajal, la indispusieron 
de tal suerte que cayó enferma. Somos de parecer 
que en este pasaje, como en otros, el biógrafo de 
Nicolás no anduvo en lo cierto y se guió más por 
sospechas que por datos verídicos. Lo que luego 
sucedió nos inclina a pensar que si en el primer 
momento hubo alguna indecisión de parte de Jacinta 
y hasta un asomo de oposición, ésta se disipó bien 
pronto y dio su aquiescencia. 



37 



El matrimonio se llevó a cabo en la Iglesia del 
Sagrario, el 8 de enero de 1661 y Nicolás rodeó a 
su mujer de todas aquellas comodidades que podría 
apetecer. Ella nada tenía y, casada, se vio conver- 
tida en Señora de casa con dos criadas a su servicio 
y con un esposo que mostraba gusto en complacerla. 
¿Qué más podría querer? Pero por encima de todo, 
ella pronto pudo apreciar las excelentes cualidades 
de su marido, su bondad, su rectitud, su piedad 
sólida y sincera, su trato afable y su generosidad 
para con todos los necesitados. Después de algún 
tiempo de casada, Jacinta, llevada de su inconstan- 
cia, resolvió separarse de Nicolás. Ella misma lo 
refiere en los Procesos. Fuése al Arzobispo, D. Pe- 
dro de Villagómez y le pidió llanamente que la 
descasase. Preguntóle entonces el Prelado si la 
trataba bien su marido, si le daba éste malos ratos 
y como ella contestase negativamente, D. Pedro le 
dijo: Buen marido os ha dado Dios, id y vivid en 
paz en su compañía. 

Sin embargo Jacinta en estos primeros años de 
su matrimonio, se dejó llevar un tanto de la vani- 
dad, defecto tan común en las mujeres y gustaba 
de emperifollarse y vestirse con aliño, de lucir, en 
una palabra, buscando para ello las ocasiones y 
escogiendo sus amigas entre las inclinadas a los 
entretenimientos del mundo 1 . Nicolás la observaba 

1 El lie. Cristóbal de Arteaga, hijo de D. Francisco, dice en 
los Procesos, que Jacinta, en su modo y porte, parecía una .Señora 



38 



y no dejaba de amonestarla suavemente, pero con- 
fiaba, sobre todo, en que Dios llegaría a mudar su 
corazón, como en efecto sucedió. 

De su enlace nacieron dos hijos: una niña que mu- 
rió poco tiempo después de nacer y un niño que 
llevó el nombre de Bonifacio y sobrevivió a su 
padre. No tuvieron más descendencia, pero es de 
saber que a los ocho años de casados y cuando 
Jacinta contaba sólo 24 años de edad y caminaba 
ya por la senda de la virtud en que le había prece- 
dido su esposo, de común acuerdo resolvieron guar- 
dar ambos continencia y tratarse únicamente como 
hermanos. Así lo hicieron sin que por eso se enfria- 
ra el amor que los unía, hecho que no es tan raro 
como algunos pueden pensar, porque a los casados, 
con la gracia de Dios, les basta esta unión de las 
almas sin que sea necesaria la de los cuerpo?. 



de caudal y oiro afirma que como Nicolás junto a su tienda 
pusiese un cajón para que allí su mujer vendiese cintas, seda, 
papel y otras baratijas, le advirtió que no lo hiciese, porque 
muchos acudían no a comprar sino a galantear a la tendera. 
Nicolás lo hizo así. 

39 



Capítulo VII 



RETORNO A LA PATRIA 

Nicolás que había dejado su tierra natal, siendo 
aún niño, no había vuelto a ella desde entonces, 
pero la muerte de sus padres lo obligó a volver a 
Chiclayo, a fin de recoger la parte de herencia que 
le correspondía. Habría podido emprender el viaje 
por tierra, pero sobre ser más largo y más costoso, 
el peligro que había corrido al cruzar el río Santa 
debió impulsarlo a elegir la vía marítima. 

Era frecuente entonces el que pequeñas embarca- 
ciones a vela, recorriesen la costa, conduciendo mer- 
caderías o frutos de la tierra, de una parte a otra 
y Nicolás decidió embarcarse en una de ellas con 
rumbo a Pimentel o a la caleta de San José que está 
situada un poco más al norte. Era él, por entonces, 
Mayordomo de la Cofradía de Ntra. Sra. de la 
Consolación, establecida en la Iglesia de La Mer- 
ced y propia de los indios. Devotísimo de María, 
decidió llevar consigo un manto de la Virgen, a fin 
de eme le sirviese de escudo protector en su viaje. 

El P. Sartolo luego de referir estos hechos, ase- 



40 



gura que una fuerte tempestad sorprendió a la nav« 
en alta mar, la desmanteló y la arrojó contra los 
bajíos de la costa, librándose milagrosamente de 
quedar destrozada. No se hace verosímil su relato, 
porque bien sabido es que en nuestra costa no se 
ven tempestades y cuando más alterado se halla el 
mar y más impetuoso es el viento, tomando altura 
los navios no corren peligro. Creemos que más bien 
el riesgo en que estuvieron de naufragar provino de 
esas nieblas tan frecuentes en la costa peruana y del 
rumbo equivocado que tomó el piloto. Por una y 
otra causa se vieron de pronto los navegantes sobre 
las rompientes de tierra, con peligro de zozobrar 
y fue entonces que Nicolás arrojó al mar el manto 
de María, invocando su protección. La nave logró 
esquivar las rocas, donde se habría hecho pedazos 
y enmendando su rumbo, siguió su derrota, librán- 
dose del naufragio. Nicolás y los demás pasajeros 
atribuyeron a la Virgen el haberse librado de pere- 
cer entre las olas y no pudieron menos de rendirle 
gracias. 

Volvía Nicolás a Chiclayo después de muchos 
años de ausencia. Había abandonado el pueblo to- 
davía niño pero como los recuerdos de la infancia 
son los más indelebles, recordaba todavía la casa 
de sus padres y los lugares que junto con sus her- 
manos había recorrido y donde había pasado ale- 
gres momentos. Sus parientes y conocidos le agasa- 
jaron y celebraron su venida y no pudieron menos 



41 



de quedar udmirados y edificados de su desprendi- 
miento, de su piedad y del amor que demostraba a 
todos. Luego de haberse puesto de acuerdo con sus 
hermanos sobre la herencia y recogido lo que le 
correspondía, decidió hacer algo por el bien espi- 
ritual de sus paisanos. 

Con su ejemplo y sus palabras, no había dejado 
de producir algún fruto, porque su ingénita bondad 
y su espíritu cristiano sabían insinuarse en los áni- 
mos y moverlos a servir a Dios con perfección, pero, 
a fin de darles un medio que sirviera a su aprove- 
chamiento en la virtud y al mismo tiempo fuera 
útil a las almas de los finados, empezando por las 
de sus padres y demás parientes, entabló la Cofra- 
día de las Ánimas, con el beneplácito de todos y 
de los padres Doctrineros. De este modo su visita 
a Chiclayo resultó provechosa y les dejó a sus pai- 
sanos este recuerdo 1 , 



1 Uno de los declarantes en los Procesos, Gabriel de la Sole- 
dad, dice que en Chiclayo estuvo tres o cuatro meses y que, a su 
vuelta, vino cargado con los frutos de la tierra, mates de ají 
molido, tabaco de Saña, paños de manos y sobrecamas de algodón, 
que todavía tejen con primor las indias de aquellos valles. Esto 
prueba que Nicolás no dejaba de pensar en lo material y, vivien- 
do como vivía de su trabajo, no desperdiciaba la ocasión de poder 
ganar algunos centavos. 



42 



Capítulo VIII 



LA CASA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ 

Poco después de su vuelta a Lima, Nicolás pensó 
poner en ejecución otro proyecto que hacía tiempo 
tenía en la mente. Llevado de su caridad, en su 
casa había dado hospedaje más de una vez a los 
desamparados y por mucho tiempo admitió bajo su 
techo a dos mujeres desvalidas; ahora que contaba 
con los medios de hacerlo, se propuso adquirir una 
casa más amplia, donde fuera posible admitir a una 
docena o más de muchachas pobres, cuya edad las 
ponía en peligro y se puso a buscarla con este fin. 
Por fortuna para él, Jacinta por este tiempo, desen- 
gañada del mundo y movida por los ejemplos de 
su esposo, se había convertido ya en su mejor cola- 
boradora y no pensaba sino en servir a Dios y 
ayudar a Nicolás a hacer el bien a los demás. La 
Providencia quiso que pronto se encontrase la casa 
deseada, porque no lejos de la que habitaban, le 
ofrecieron en venta una que había pertenecido a los 
Alloza, familia antigua y bien conocida en Lima, 
algunos de cuyos miembros, como el Licenciado 



43 



D. Rodrigo, Rector de la Universidad de San Mar- 
cos y, sobre todo, el Venerable Padre, Juan de 
Alloza, de la Compañía de Jesús, se hicieron céle- 
bres y han pasado a la posteridad \ 

No debía ser muy corto el caudal de Nicolás 
cuando le fue posible adquirir esta propiedad, bien 
situada y próxima al lugar en donde hoy se levanta 
la Iglesia de Jesús María. Aquí se instaló con toda 
su familia y echó los cimientos de la Casa de Jesús, 
María y José, como él quiso denominarla, donde 
dio acogida a algunas doncellas, faltas de apoyo y 
de quien velase por su honor. Una de las primeras, 
fue la hija de D. Francisco Arteaga, el mismo que 
había propuesto a Nicolás su casamiento con Jacin- 
ta Montoya 2 . Tras ésta se siguieron otras hasta com- 
pletar el número de siete, aunque su pensamiento 
era de llegar hasta quince, sin que le arredrara el 
tener que proporcionarles lo necesario para comer 
y vestir. Pero su confianza en Dios era ilimitada y 
por eso no le detenían estas consideraciones, muy 
en su punto de tejas abajo y cuando sólo se cuenta 
con los medios humanos. 

1 V. la Vida de este insigne Siervo de Dios, escrita por el 
P. Fermín de Irisarei e impresa en Madrid en 1715. 

2 María Jacinta en los apuntes que escribió sobre su vida y 
los comienzos de esíe recogimiento, dice que las dos primeras 
fueron dos hermanas, hijas de D. Pedro González de Cisneros y 
Mendoza y de Da. Isabel de Ayala y Astudillo, huérfanas ambas 
de padre y madre. V. Bibliot. Histórica Peruana, tom. V, Rela- 
ciones. . ., p. 214. 



44 



No parece sin embargo que se llegara nunca al 
número deseado por Nicolás, porque cuando en el 
año 1678, un año después de su muerte, la visitó 
el Arzobispo de Lima, D. Melchor de Liñán y Cis- 
ñeros, halló que las muchachas recogidas eran só- 
lo 12 y mandó que en adelante se contentasen con 
este número y no se admitiese otra alguna sin su 
licencia. 

Tal fue el comienzo de esta fundación que luego 
se transformó en Beaterío, sin mudar el nombre y 
más tarde pasó a ser Monasterio de Religiosas Ca- 
puchinas, con la misma denominación. De este modo 
la obra de Nicolás, si bien diversa en un sentido, 
perdura hasta el día de hoy y contribuye a la Gloria 
de Dios y bien de las almas, que fueron los fines 
adonde como a blanco tendían todas sus acciones. 

En esta casa fabricó alrededor de un pequeño 
jardín, unas celdillas que servían de dormitorio a 
las asiladas y juntamente dos pequeños Oratorios, 
dedicados, el uno a la Inmaculada Concepción, 
donde se veía el lienzo de la Purísima que siempre 
había acompañado a Nicolás y en el otro una ima- 
gen de Jesús Crucificado. En ninguno de ellos se 
celebraba la Santa Misa y sólo, como veremos, 
después de la muerte del Siervo de Dios, la auto- 
ridad Eclesiástica permitió que se dijera el Santo 
Sacrificio en el de la Purísima que era el más 
capaz. La familia de Nicolás y las jóvenes recogidas 
acudían a oír la Misa o bien a la Iglesia de San 



15 



Diego, hoy destruida o bien a la de San Agustín 

que estaban cercanas 3 . 

La casa contaba con todas las demás dependencias 
necesarias, y en otro patio, más espacioso que el an- 
terior, cuyo centro estaba convertido en jardín, man- 
dó pintar Nicolás en las paredes que lo rodeaban 
los principales pasos de la Pasión o, estaciones del 
Vía Crucis y, en las noches del Lunes, Miércoles y 
Viernes, todos con el Siervo de Dios a la cabeza, 
recorrían las estaciones con una cruz sobre los hom- 
bros, corona de espinas en la cabeza y una soga al 
cuello y, al final del acto, tomaban una disciplina. 

Todo esto parece extraordinario pero aún crecerá 
nuestro asombro al parar mientes en la distribución 
que observaban estas doncellas, que, en cierto rao- 
do> parece exceder a las fuerzas humanas. No puede 
negarse que el fervoroso espíritu de Nicolás creyó 
posible entonces un tenor de vida que hubo luego 
de mitigar, pero el hecho sólo de haberlo intentado 
nos demuestra la valentía de estas almas y el poder 
de la gracia que en ellos habitaba. 

Al constituirse el Beaterío, el régimen de vida 
era más o menos el mismo, pero sometido al examen 
de algunos Padres doctos y prudentes de la Com- 
pañía, éstos consideraron que era necesario atem- 
perar su rigor. En el año 1690, la autoridad Ecle- 

3 La iglesia de San Diego, anexa al Hospital de este nombre, 
al cuidado de los HH. de San Juan de Dios, estaba situada en lo 
que hoy es plaza de San Martín. 



46 



siástica sometió a la aprobación del P. Nicolás de 
Olea, los estatutos que se guardaban en la casa y 
este Padre, después de consultarlo con algunos otros 
del Colegio Máximo de San Pablo, remitió al Pro- 
visor su parecer, moderando bastante las asperezas 
a que se entregaban las Hermanas. María Jacinta 
respondió con humildad y rendimiento a los reparos 
opuestos y el Arzobispo, a 8 de marzo de 169], 
luego de examinar las observaciones hechas, les dio 
su aprobación 4 . 



4 V. Archivo del Convento de Jesús María y Biblíot. Histórica 
Peruana, tom. V, Relaciones. . ., pág. 234 y s. 



47 



Capítulo IX 



PADRE DE POBRES 

El carácter distintivo de Nicolás de Dios fue su 
caridad para con los pobres. No hubo miseria moral 
o material que no excitase su compasión. Entendió 
mejor que nadie el sentido del precepto evangélico: 
Amaos los unos a los otros y lo que es más todavía, 
lo supo poner en práctica siempre. Era un adoles- 
cente y estaba al servicio de un religioso en su con- 
vento y sólo podía disponer de la ración que se 
daba para su sustento y, privándose de una parte 
de ella, la distribuía a los pobres faltos de pan. 
Más tarde, sea de aprendiz u oficial en su taller, no 
sólo se interesaba por el bienestar de sus compa- 
ñeros, sino que, aprovechando los instantes de des- 
canso, iba al Hospital de Santa Ana, a consolar los 
enfermos y proporcionarles algún alivio. 

Cuando ya Maestro y con algunos recursos, pudo 
vivir en casa propia, en ella dio acogida a los des- 
validos o sin techo, partiendo con ellos su pan. Todo 
esto nos habla muy alto de su caridad pero hay 
otros hechos que la recomiendan y enaltecen. El 



48 



Jueves Santo convidaba a 13 pobres» y luego de 
lavarles los pies, en memoria de lo que Jesús había 
hecho con sus Apóstoles, los sentaba en su mesa y 
les servía por sí mismo. Luego eran admitidos otros 
indigentes para quienes no faltaba un potaje o una 
hogaza de pan. Más adelante, trasladó al Domingo 
de Ramos esta piadosa costumbre, porque decía que 
no era bien que un pobre indio hiciese lo mismo que 
hacían el Virrey y el Arzobispo el Jueves de la 
Semana Mayor. 

El 19 de marzo, festividad de San José, daba de 
comer con todo regalo a siete pobres: un niño, en 
reverencia del Niño Jesús, al cual obsequiaba un 
vestido nuevo y 3 hombres y 3 mujeres. Aquellos 
representaban a San José, a San Joaquín y a Zaca- 
rías, el padre del Bautista; y éstas a María Santí- 
sima, Santa Ana y Santa Isabel. Sentábalos todos 
alrededor de una mesa muy bien servida y el anóni- 
mo autor de su vida, que más de una vez se halló 
presente al convite, se expresa así: "Quién no vio 
los actos de amor y cai-idad que ejercitaba con tan 
reverente humildad, pareciéndose no que eran po- 
bres los que tenía a su mesa sino que eran los 
mismos que representaban, no podrá hacer concepto 
de acción tan piadosa. Yo de mí sé decir que las 
veces que lo vi y algunos sacerdotes que asistían . . . 
no podíamos contener las lágrimas. Y lo mismo 
sucedía a cuantos se hallaban presentes y más vien- 
do lavarles las manos, después de haber comido, 



49 



besarles los pie? y darles uiia limosna y esto todo de 
rodillas. . 

Lna pobre muchacha, a quien una tisis precoz 
minaba la vida, languidecía en el Hospital de la 
Caridad. Nicolás compadecido de ella y juzgando 
que mejor asistida estaría en su casa, se la llevó 
consigo, aunque entonces y bastante tiempo después, 
a estos enfermos se les miraba con recelo, pues se 
creía que su mal era contagioso. No contento con 
esto la llevó al pueblo de Miraflores. cuyos aires se 
decía eran más propicios, todo lo cual no pudo 
hacerlo sin vencer algunas dificultades por la causa 
arriba apuntada. 

Todos los sábados tenía ordenado que se diese un 
pan a los pobres que acudían a su casa y se hizo 
ya tan común el que a ella acudiesen los necesita- 
dos que casi todos los días se veía asediada de 
algunos y era ya público que a nadie se despedía 
sin obtener algún socorro. 

Muchos, faltos de dinero para costear la hechura 
de su traje, acudían a su taller, pidiéndole que se 
lo cortase y compusiese y conseguían lo que desea- 
ban. Otros se atrevían a algo más. como fue el caso 
de un sacerdote, que no teniendo sino parte del 
lienzo necesario para su mateo, fue donde él a 
pedirle lo tomase por su cuenta y Nicolás, sin de- 
mora se lo hizo muv cumplido. En otra ocasión, 
una pobre madre que no tenía cómo vestir a sus hi- 
jos, le llevó una tela que halló en su casa y ponién- 



50 



dola delante le dijo: Nicolás, yo se que con esto 
no habrá bastante para poder vestir a mis hijos, 
pero tu tijera podrá hacer este milagro. Y en efecto 
lo hizo. Casos como éste se repitieron y es preciso 
confesar que así como otros multiplicaron el pan en 
sus manos, con la ayuda de Dios, así entre los de 
Nicolás la tela se extendía y alargaba, permitiendo 
ve-tir con ella al que no tenía con qué cubrirse. 

Su confesor, el Licenciado Cristóbal Bravo, e^ 
cribe a este respecto lo siguiente: "Con Limosnas 
y con ropa acudía no sólo a las doncellas y demá- 
peonas de su casa, sino también a las mujeres 
extrañas que se valían de su caridad. A algunos 
Sacerdotes pobres socorría con el manteo y con la 
sotana y a otras personas con varias piezas de ves- 
tido. Yo vi después de su muerte entrar en su casa 
arrebañados los pobres, llorando su orfandad con 
la pérdida del Siervo de Dios, mostrando a voces 
y con ademanes las vestiduras con que abrigaba su 
d^-nudez". 

Y este espíritu de caridad lo supo infiltrar en las 
jóvenes recogidas en su casa, a las cuales enviaba 
alsunas veces, entre semana, al HosDital de la Cari- 
dad, donde se curaban las muieres españolas enfer- 
mas y hacía que les llevasen alzunos regalitos y que 
las avudasen en todo, mirando por su alivio y 
conduelo. 



51 



Capítulo X 



LO QUE PUEDEN UNAS TIJERAS 

La piedra de toque de la santidad son las obras 
y las realizadas por Nicolás fueron muchas y de 
calidad. El anónimo las resume así en el Capí- 
tulo XXII de su vida manuscrita: "Cuando el Her- 
mano Nicolás no se hubiera ejercitado en tan alto 
grado en todas las virtudes por donde mereció el 
título de justo, las memorias que dejó para nuestro 
ejemplo bastarán a conseguirle muy altos grados de 
gloria. La Santa Escuela, todos los miércoles, de 
Desagravios de Cristo Nuestro Señor; demanda y 
honras de las benditas ánimas en la Iglesia de San 
Juan de Dios; fiesta de la Purísima por toda su 
octava y todos los Sábados, Salve y Letanías y el 
dar de comer a los pobres el día de San José y 
Domingo de Ramos, fuera de los ejercicios de las 
Siervas de Dios, recogidas en la casa de Jesús 
María; la Cofradía del Santísimo Sacramento y 
renovación todos los meses; la memoria del tem- 
blor, etc., todos los cuales son el consuelo de aque- 
llos barrios y de toda la ciudad". 



52 



Vamos a decir algo de cada una de ellas, pasan- 
do por alto las ya referidas. En la ciudad de Lima 
y, por iniciativa del V. P. Francisco del Castillo, se 
fundó en la Iglesia de los Desamparados, la Escuela 
de Cristo, a imitación de la que ya existía en Ma- 
drid en la Capilla del Cristo de Medinaceli. 

Tras ésta se estableció otra en la Iglesia del Cole- 
gio Máximo de San Pablo, de la Compañía de Jesús 
y Nicolás de Dios hizo cuanto estuvo de su parte 
porque se fundase la tercera en la Iglesia del Hos- 
pital de San Diego. Celebrábase allí por el mes de 
setiembre una función de Desagravios a Cristo Nues- 
tro Señor, a los cuales acudía mucha gente por la 
diligencia de Nicolás. Como estos cultos tenían lu- 
gar una vez al año le pareció poco y pensó entonces 
fundar la Escuela de Cristo. Él mismo obtuvo que 
los Padres de la Compañía tomasen su dirección y 
el primero en hacerlo fue el P. José de Buendía. 
Los miércoles en la noche se reunían en aquel tem- 
plo, ánte la imagen de un Señor Crucificado, en 
cuya capilla hizo Nicolás se labrase un buen retablo 
y en donde, a su muerte, fueron depositados sus 
restos. No contento con esto, le obsequió un sitial o 
manifestador de plata, para la exposición del Santí- 
simo Sacramento. 

A las ánimas benditas, a las cuales tenía particu- 
lar devoción, no podía olvidar. En la citada Iglesia 
de San Dieeio se decían misas todos'los Domingos 
y fiestas del año, desde las 6 de la Mañana hasta 



53 



la una, por los fieles difuntos y el mismo Nicolás 
se ocupaba muchas veces de pedir limosna para cos- 
tear el estipendio y de buscar sacerdotes que las 
dijesen. Con esto no sólo socorría la necesidad de 
esas almas que gimen en el Purgatorio y esperan 
nuestros sufragios para salir de su cárcel y entrar 
en el Cielo, sino que al mismo tiempo remediaba a 
los sacerdotes pobres, porque los buscaba para este 
fin y ya le eran conocidos. No era escaso el número 
de estas misas, porque el anónimo que bien podía 
saberlo, pues era contemporáneo de Nicolás y fre- 
cuentaba la Iglesia de San Diego, dice que se hizo 
cuenta de las celebradas en dos años y resultaron 
más de 3.700 que a 8 reales cada misa, hacen una 
buena cantidad de pesos, debidos todos a la solici- 
tud del Siervo de Dios y el favor del Cielo que, 
verdaderamente, le daba con abundancia el dinero, 
pues lo sabía distribuir en cosas tan del agrado y 
servicio de Dios. 

Otra muestra nos dejó su amor a las almas del 
Purgatorio. La Iglesia ha instituido en su favor la 
fiesta de todos los fieles difuntos el día 2 de No- 
viembre y Nicolás procuró que el Lunes, después 
de la Octava de todos los Santos, se hiciesen unas 
honras solemnes en la Iglesia del Hospital de S. 
Juan de Dios en sufragio de las Ánimas benditas y 
parece que Dios quiso premiar su caridad en esta 
parte, poique, después de su muerte, el Cabildo de 
Lima, resolvió hacerle a él solemnes exequias, pre- 



54 



casamente en este día. Esta piadosa costumbre la 
continuó su mujer y encomendó a un buen indio 
llamado Salvador de Jesús María, criado y apren- 
diz de Nicolás, la recolección de las limosnas que 
erogaban los fieles con este fin, como lo hacía su 
amo y, a Dios gracias, con el mismo buen resultado. 

A esto se ha de añadir la industria de que se 
valió para que los Domingos y días de fiesta no se 
quedaran sin misa los negros esclavos, yerbateros, 
que en muías o burros venían a la ciudad a vender 
alfalfa, chala o gramalote para las cabalgaduras. 
Muchos de ello?, entrando por la puerta de San 
Simón, se estacionaban en la plaza del Hospital de 
San Diego y allí permanecían hasta agotar su mer- 
cadería. El bueno de Nicolás advirtió que estos 
pobres se quedaban sin misa y para facilitarles el 
cumplimiento del precepto, dispuso su caritativo 
corazón que al mediodía se dijese una misa en la 
Iglesia del Hospital, buscando sacerdote para el 
caso, a quien gratificaba con 12 reales por razón 
de la hora. 

Él hizo correr la voz entre los que se dedicaban 
a este tráfico que para ellos se decía esta Misa y 
para que no se excusasen con el pretexto de que se 
les perderían sus bestias, él mismo, ayudado por 
otros amigos o criados suyos, las custodiaba y guar- 
daba en la plazuela de S. Diego, en la calle de 
Belén, mientras los esclavos oían el Santo Oficio. 
De este modo, sin gravamen de nadie, puso remedio 



55 



a esta necesidad y facilitó a esos pobres negros «1 
cumplimiento de una de sus primeras obligaciones 
de cristianos. ¡Qué ejemplo para los que por una 
razón baladí se excusan hoy de asistir los Domingos 
a Misa! 



56 



Capítulo XI 



APÓSTOL DE LOS INDIOS 

Era natural que Nicolás se inclinase a amar a sus 
hermanos de raza y ejercitase su celo con ellos. 
Ya hemos dicho cómo, siendo todavía muchacho y 
aprendiz, iba a menudo al Hospital de Santa Ana, 
donde ellos se curaban, a asistirlos y consolarlos. 
En la visita que hizo a Chiclayo no sólo los dejó 
edificados y animados a vivir cristianamente sino 
que fundó entre ellos la Cofradía de las Ánimas. 
En Lima no hizo menos. En la iglesia de La Merced 
existía una cofradía de Ntra. Sra. de la Consola- 
ción, en donde muchos de ellos se asentaban por 
Hermanos. Nicolás, joven todavía, se hizo inscri- 
bir y desde entonces se distinguió por la puntua- 
lidad con que cumplía las obligaciones de Cofra- 
de, de modo que en una de sus juntas le eligieron 
los demás por Mayordomo, seguros de que nadie 
promovería mejor el Culto de la Virgen y los in- 
tereses de la Cofradía. 

Siempre que se ofrecía la ocasión, aprovechaba 
el crédito que había ganado con su manera de pro- 



57 



ceder para salir en defensa de sus hermanos, a 
quienes muchos españoles oprimían sin motivo y 
no sabían hacer justicia. En la calle que todavía 
conserva el nombre de Pescadería, se situaban las 
indias de Surco o del Callao o las ensenadas próxi- 
mas a Lima a vender su pescado y la vecindad del 
Palacio y de la Audiencia Real daba motivos para 
que anduviesen entre ellas algunos soldados de la 
guardia o de la Cárcel de Corte, los cuales, abusan- 
do de su autoridad, pretendían llevar la mercancía 
a menos precio del que valía o llanamente, quitár- 
sela a sus legítimos dueños. 

No le sufría el corazón contemplar este atro- 
pello y muchas veces intervino para estorbarlo. Con 
humildad y cortesía se acercaba a aquellos corche- 
tes abusivos y con buenas palabras procuraba que 
cumpliesen con la paga concertada y no hiciesen 
violencia a las indias. Hubo ocasiones en que, vien- 
do la terquedad del comprador, terciaba de otro 
modo y dirigiéndose a él le decía: Señor deje por 
amor a Dios a esta pobre india, que es mi parienta 
y le ruego que no la maltrate y pues la diferencia 
es sólo de tantos reales, aquí los tiene V., tómelos 
y déle lo convenido. 

Algunos, al ver su desprendimiento y lo come- 
dido de su lenguaje, se echaban atrás y consentían 
en dar lo justo, pero otros se crecían y tomaban a 
mal el que un indio afease su conducta y volviendo 



58 



contra él le llamaban desvergonzado y entrometido 
y aun pasaban de las injurias a las obras, fiados en 
que su atrevimiento había de quedar impune. Todo 
lo sufría Nicolás con paciencia, en defensa de sus 
hermanos y otras veces, al ver que se suscitaban 
contiendas por el precio, instando los unos porque 
se había de bajar y los otros resistentes en ha- 
cerlo, se acercaba a las indias y con suavidad les 
decía: Hermanas tomen estos reales para resar- 
cirse de la pérdida y no den ocasión a que se sus- 
citen ruidos y vengan Uds. a pagarlo más caro. 
Todo esto demuestra su sincero amor para con sus 
paisanos. 

Mayor importancia revistió el suceso que vamos 
a narrar. A fines del año 1666 comenzó a correr 
en Lima la noticia de un levantamiento de los 
indios. Por delaciones hechas al Protector de Jos 
naturales, la Audiencia mandó abrir proceso a algu- 
nos de los que se consideraban cabecillas y se hicie- 
ron algunas prisiones. Los maltratos que se inferían 
a los indios y los excesos de los Corregidores habían 
motivado el que por orden del Rey se constitu- 
yese una junta que examinase sus agravios y esto 
indujo a los indios a presentar memoriales y a 
tener reuniones con el fin de tratar de su defensa. 
Sin embargo, se dio un alcance mucho mayor a 
estos conciliábulos y se esparció la noticia de que 



59 



habían de incendiar la ciudad y pasar a cuchillo 
a los españoles l . 

La Real Sala del Crimen dictó sentencia de muer- 
te contra los que creyó más culpables y algunos 
infelices indios pagaron con su vida, no el intento 
de incendiar la ciudad y dar muerte a sus habitan- 
tes, cosa que no pudo pasarles por la cabeza, estando 
en sus cabales, sino algunas expresiones violentas 
que se les escapaban en momentos en que se halla- 
ban excitados por el licor. 

La causa de su inquietud no era otra sino la opre- 
sión en que vivían y, sabiendo las autoridades esto 
y los nombres de los que les hacían agravios, no 
había memoria, como decía el Fiscal, D. Nicolás 
Polanco de Santillana, que se hubiese castigado 
estas infracciones de la justicia. 

Nicolás de Dios no pudo menos de alarmarse y 
de compadecer a sus hermanos de raza. Como los 
soldados y alguaciles, en viendo a unos cuantos 
indios juntos, dieran en perseguirlos y en echar 
mano de ellos, Nicolás hubo de salir en su defensa 
alguna vez y enfrentándose a los que se titulaban 
ministros de la justicia, les afeó su conducta y les 
pidió que dejaran en libertad a sus paisanos y cesa- 
ran de maltratarlos. Los alguaciles se volvieron 
contra él y con las varas comenzaron a darle golpes 
y aun con una daga le cortaron parte de los cabe- 

1 V. mi Historia del Perú, tomo 2, p. 319 y s. Buenos 

Aires, 1954. 



60 



líos, cosa que siempre se consideró entre los indios 
como una afrenta. Todo esto lo llevó con paciencia 
Nicolás, acordándose de lo que Nuestro Salvador 
sufrió de los judíos, pero no desmayó en su propó- 
sito de defender a sus hermanos oprimidos. 



61 



Capítulo XII 



VIRTUDES RARAS 

Hemos dicho que la caridad fue la virtud predi- 
lecta de Nicolás, pero ella no se infunde sola en el 
alma, sino que juntamente con ella, crecen las de- 
más virtudes. Y en primer término la humildad, 
que es el fundamento de la vida cristiana y brota 
de nuestra condición de seres criados por Dios. 
Nicolás fue humilde puede decirse por naturaleza, 
es decir que nunca se consideró superior a los de- 
más. En el convento en donde sirvió por varios 
años, lo hizo con gran docilidad y prontitud. Más 
tarde, en el taller donde aprendió el oficio, se sujetó 
a su Maestro y le sirvió también con fidelidad. 
Hecho jefe de él, trató a sus subordinados con blan- 
dura y, como dicen algunos de ellos en los Procesos, 
se portaba con sus oficiales como si fuese un com- 
pañero. 

Su buen natural le hizo querer de todos y algún 
testigo, como Diego Pérez Lobo, que le conoció des- 
de penueño, alaba su humildad. El Presbítero Juan 
de Silveira, refiere, por haberlo presenciado, el 



62 



hecho siguiente: El Sacristán Mayor de La Merced, 
no dice el porqué, dio un día un bofetón a Nicolás 
y éste, lejos de indignarse, se hincó de rodillas a 
los pies del religioso y le pidió que le diese otro, 
siguiendo el consejo evangélico. Doña Jerónima de 
Ayala que lo conoció, cuenta que un caballero lla- 
mado Laureano Geldres lo trató muy mal de pala- 
bra, por asuntos de su oficio de sastre y Nicolás 
lo llevó todo con mucha paciencia y aun dando gra- 
cias a Dios porque le ofrecía ocasión de sufrir estos 
desprecios. 

La humildad es la piedra de toque de la verda- 
dera santidad y es fuerza reconocer que Nicolás 
sobresalió en esta virtud. De ahí se siguió también 
su obediencia; en primer lugar a sus confesores y 
Directores de conciencia y luego a todos los que 
sobre él ejercían alguna autoridad. Aunque por su 
estado de casado y con hijos y por la falta que hacía 
a cuantos vivían en la casa de Jesús María hubiera 
podido excusarse, cuando en los años 1670 y 1671, 
mandó el Conde de Lemos, a fin de enviar un soco- 
rro de gente a Panamá, amenazada por los piratas, 
que se alistasen también los indios, con todo Nicolás 
acudió con prontitud, acatando la orden del Virrey. 

De su espíritu de mortificación nos habla muy 
alto su amor al trabajo y lo asiduo eme fue en entre- 
garse a él. Aceptó esta ley que Dios impuso al 
hombre v se aplicó a sus tareas de sastre con em- 
peño. Otras mortificaciones practicó, de las cuales 



63 



ya se ha hablado o se hablará en adelante, pero é9ta 
fue la principal. Se comprende que siendo él tan 
temeroso de Dios y tan deseoso de servirle, celase 
también mucho en que los demás fuesen fieles a su 
santa ley. Le dolían vivamente los pecados que otros 
cometían y en cuanto podía trataba de evitarlos. 
Más de una vez socorrió a algunas mujeres de mala 
vida, sólo para que dejasen de ofender a Dios y 
hasta llegó a comprometerse a sostener a una de 
ellas, si de hecho dejaba la carrera del vicio. 

Todo esto y lo demás que habrá visto el lector 
en los capítulos precedentes, nos asegura que Nico- 
lás correspondió a la gracia recibida y esta corres- 
pondencia fue causa de que el Señor se mostrara 
generoso con su siervo y fuera enriqueciendo su 
alma con nuevos dones. De este modo este pobre 
indio, flaco por naturaleza, que inclusive llegó a 
olvidarse un momento de lo que debía a su Señor, 
se purificó de sus culpas y emprendió con decisión 
la obra de su santificación personal. 



64 



Capítulo XIII 



VIDA INTERIOR 

La Santidad de vida de Nicolás, sus virtudes y 
fervoroso celo no se explican sin una sólida vida 
interior, o sea una grande unión con Dios y una 
pronta correspondencia a las inspiraciones de la 
gracia o en otros términos, en una perfecta confor- 
midad de su voluntad con la divina. Ahora bien, 
Nicolás había ido ascendiendo gradualmente hasta 
la meta, conducido por una mano invisible y res- 
pondiendo fielmente a las voces de lo alto que lo 
invitaban a caminar por la senda de la perfección. 

Nicolás no había estudiado ni tenía otros conoci- 
mientos que los aprendidos en la escuela y al lado 
de su protector, Fray Juan de Ayllón, pero su espí- 
ritu despierto supo aprovechar muy bien las leccio- 
nes que le dieron sus maestros y así dentro de los 
claustros, donde pasó su niñez, como fuera de ellos, 
se dio cuenta de la esencia de la vida cristiana y 
del modo cómo se ha de servir a Dios. Lo demás 
se lo fue sugiriendo el mismo Dios o lo aprendió de 
boca de los Directores de su conciencia. 



6." 



En un principio él se lamentaba de no hallar 
quien quisiera dirigirle por las vías del espíritu, 
pues no hacían mucho caso los confesores de un 
pobre indio que se postraba a sus pies. Más ade- 
lante, Dios le deparó buenos Directores y entre 
ellos el primero fue el Licenciado Cristóbal Bravo, 
al cual se siguieron otros, los Padres Fr. José de 
Ondarza Zavala y Fr. Juan de Vargas Machuca, 
mercedarios, Fr. Pedro Dávila Tamayo, Agustino 
y los PP. Francisco del Castillo y José de Buen- 
día de la Compañía de Jesús. Con tales guías y, 
sobre todo, con la gracia de Dios, hizo admirables 
progresos en el camino de la perfección y vino en 
él a ser como connatural la práctica de la virtud. 

Basta tener presente la distribución que, por lo 
general, observaba para darse cuenta de ello. El 
P. Sartolo la cita en su Vida, pero esta noticia se 
debe a la declaración de uno de sus Padres Espiri- 
tuales. Al despertar el alba, se levantaba de su lecho 
que era la desnuda tierra o a lo más unas tablas y 
al punto se disponía a hacer oración y entrar en 
conversación con Dios. En ella perseveraba desde 
las 4 hasta las 6 de la mañana y a esta hora se 
ocupaba en distribuir a sus oficiales los trabajos 
que tenía entre manos y en instruirles sobre lo que 
debían hacer hasta las ocho y, al mismo tiempo, 
daba las órdenes convenientes para el buen régimen 
de la casa y para el sostenimiento de los que en ella 
habitaban. 



60 



Cumplida esta obligación se encaminaba a la 
iglesia, no sin haber hecho antes una visita a la 
imagen de Cristo Crucificado que tenía en el Orato- 
rio, a fin de que gobernase y dirigiese todos sus pa- 
sos. En el templo oía las misas que se decían a 
aquella hora, confesaba y comulgaba los días que 
tenía por costumbre, con licencia de sus Directores 
y a eso de las diez se volvía a su casa, sino es que 
tuviese que acudir a otra parte, por razón de su 
oficio o para solicitar la limosna de las ánimas. 
Dedicaba el resto del tiempo al trabajo y en dando 
las doce se sentaba a la mesa, en la cual era bien 
parco para consigo, aun cuando siempre velaba 
porque los demás tuvieran el necesario alimento. 

Luego de haber comido, iba a dar gracias a uno 
de los Oratorios y reanudaba sus quehaceres, hasta 
el toque de Oraciones, hora en que se retiraba a 
hacer oración nuevamente, sino le llamaba a otra 
parte el servicio del prójimo. A las ocho cenaba jun- 
tamente con su familia y después de la cena se en- 
tretenía leyendo un libro espiritual, lectura que le 
servía como de preparación para la oración de la 
mañana siguiente. Luego convocaba a todos los de la 
casa y repasaba con ellos el Catecismo, por pregun- 
tas y respuestas, para que no lo olvidasen y, fi- 
nalmente, recitaba con todos la tercera parte del 
Rosario. Despedía a los demás a fin de que se en- 
tregaran al descanso y él se quedaba solo hasta 
terminar todo el Rosario. Hecho esto, algunos días, 



67 



recorría, cargado con una cruz, las estaciones de la 
Pasión que tenía pintadas en los muros de un patio 
y al final tomaba una sangrienta disciplina. 

Este era el curso de la vida de Nicolás, interrum- 
pido a veces por las necesidades de los prójimos o 
por alguna obra buena, como los ejercicios de la 
Escuela de Cristo los miércoles en San Diego o 
alguna junta de la Cofradía de Ntra. Sra. de la Con- 
solación. "Este es el orden, dice el P. Sartolo, con 
que caminaban sus días y sus años, tan admirables 
por igualdad y constancia de su concertado movi- 
miento, como por la variedad hermosa de sus accio- 
nes, por las cuales sucesivamente se movía en la 
tierra como se mueve el Sol en el Cielo 



68 



Capítulo XIV 



EL DESCANSO ETERNO 

Una vida tan bien empleada merecía haberse 
prolongado, pero Dios, satisfecho con los méritos 
acumulados por Nicolás, decidió llevarlo para sí al 
eterno descanso. La muerte no vino a sorprenderlo. 
Siguiendo el consejo evangélico, había vivido siem- 
pre con la lámpara encendida en sus manos, pronto 
a escuchar el llamamiento del esposo, invitándole 
a entrar en el banquete de la gloria. 

Era un miércoles 3 de noviembre, cuando en 
Lima se acentúa ya la primavera y desde temprano 
se sienten las caricias del Sol. Aquel día Nicolás se 
entregó a sus habituales ocupaciones y en la noche, 
como lo tenía por costumbre, se encaminó a la 
vecina Iglesia del Hospital, donde se tenían los 
ejercicios de la Escuela de Cristo. Al volver a su 
casa, tomó con su familia su frugal cena y de sobre- 
mesa, como previendo su fin, habló sobre la fragi- 
lidad de esta vida y la disposición en que debemos 
estar siempre para la cuenta que daremos a Dios: 
"Yo por la misericordia de Dios, recibo a su Majes- 



69 



tad todos los días y en lo que de mi parte está, a lo 
que puedo conocer con mi corto entendimiento, con- 
fiado en su misericordia no tengo más que hacer, 
porque siempre procuro disponerme como si luego 
hubiera de dar cuenta a Dios y así, cuando Él fuere 
servido de disponer de mi vida, aquí me tiene, cúm- 
plase su Santísima voluntad" 1 , 

Después de esto se fue a tomar el merecido des- 
canso y el día siguiente, 4 de noviembre, se levantó 
como de costumbre a las cuatro de la mañana. Em- 
pezó su oración y, habiendo abandonado el Orato- 
rio y salido al jardín, le acometió un malestar y un 
frío en todo el cuerpo que lo obligó a tenderse en la 
cama. Llamaron luego a los médicos que le halla- 
ron con fiebre alta y recetaron las medicinas del 
caso. El mal lejos de ceder fue en aumento y se 
comenzó a temer por su vida, hecho que sembró la 
desolación en toda la casa. 

Días antes había traído a ella un pequeño cruci- 
fijo y al dárselo a su esposa, le había dicho: Her- 
mana, guárdame este Santo Cristo que es el que me 
ha de acompañar a la hora de la muerte. Guardólo 
Jacinta y cuando Nicolás entró en agonía, estando 
todos confusos y sin atinar en lo que habían de 
hacer, una de las hermanas dio con él y se lo puso 
en las manos. 

Al agravarse su estado él mismo pidió que se le 

1 Anónimo. Vida de! Siervo de Dios Nicolás de Dios, cap. XIV. 



70 



administraran los sacramentos, pero a consecuencia 
de la contracción de los músculos del rostro y de 
la boca, no pudo recibir el Santo Viático, pues no 
podía pasar cosa alguna. El ardor de la calentura 
lo privaba por instantes del conocimiento, pero el 
sábado, víspera de su muerte, recobró el juicio y 
la serenidad de su espíritu y, como viese a su lado 
a Jacinta que con lágrimas en los ojos le decía: 
Hermano Nicolás, ¿qué es esto? Parece que nos 
quieres dejar, volvió a ella la cabeza el enfermo y 
con ánimo tranquilo, le respondió: Hermana, ésa 
es la voluntad de Dios. Le pidió entonces que lla- 
mase al P. José Buendía, de la Compañía y al 
punto fueron en su busca al Colegio de San Pablo. 
Por desdicha el Padre no se encontraba entonces 
en casa y no fue posible que acudiera en esos mo- 
mentos Nicolás aguardó un poco, pero viendo que 
tardaba, llamó a Jacinta y le rogó que refiriese al 
Padre, caso que viniese en tiempo en que él no 
pudiera hacerlo, la comunicación que iba a con- 
fiarle. 

Fue así y Jacinta le trasmitió al Padre el men- 
saje de Nicolás. En la Oración Fúnebre que pronun- 
ció en su exequias no omitió el P. Buendía hacerlo 
público y lo vamos a transcribir aquí, copiando 
sus palabras: "Hermana, dijo Nicolás, le dirás al 
P. José que, estando yo pidiendo por mi casa y por 
todas estas almas que en ella están, vino la Santí- 
sima Virgen, mi Señora la Purísima, llena de res- 



71 



plandores celestiales y, acompañada de muchos 
ángeles y me dijo: Hijo, ven en paz que tu casa a 
mi cargo queda y se llamará la casa de Jesús, 
María y José y seguirán la doctrina de los Padres 
de la Compañía de Jesús. Estas palabras, añadió 
Jacinta, me dijo con tal eficacia y ternura que me 
dejó como atónita que ni supe qué responderle y las 
conservé en mi alma y las tendré escritas en mi 
corazón". 

Por la ciudad se había esparcido ya la noticia 
de la gravedad de Nicolás y a la casa de Jesús 
María, acudían muchas personas a informarse de 
su estado. No podían faltar los pobres que con sus 
lamentos demostraban el amor que le tenían y el 
pesar que les causaba su próxima desaparición. 
El domingo en la mañana, los Hermanos de San 
Juan de Dios del Hospital de San Diego, vinieron 
en comunidad a cantarle el Credo, agradecidos al 
que había sido siempre su bienhechor. Él se consoló 
mucho con su visita, pero la vida se le iba escapan- 
do por momentos y su espíritu apenas tenía aliento 
para mirar al Crucifijo que estrechaba en sus ma- 
nos. Se le hizo más de una vez la recomendación del 
alma y aquel domingo, 7 de noviembre de 1677, 
entre las diez y once del día, expiró con grande paz 
y serenidad" 2 . 

2 Según el Anónimo falleció a la edad de 48 años y 8 meses. 
Según esto había que rectificar la fecha de su nacimiento. 



72 



Capítulo XV 



LA GLORIFICACIÓN 



Apenas había traspuesto el umbral de esta vida 
comenzó, puede decirse, su glorificación. Religio- 
sos graves, Sacerdotes ejemplares, algunos de los 
cuales habían sido sus confesores, testigos por tan- 
to, de la santidad de Nicolás, se inclinaron ante 
sus restos y besaron las manos y los pies del difun- 
to. Los Religiosos de San Juan de Dios tomaron a 
su cargo el amortajarle y con veneración colocaron 
su cadáver en una sala convertida en capilla ardien- 
te. Si durante su enfermedad fueron muchos los 
que acudieron a la casa de Jesús, María y José, 
ahora, al saberse que había fallecido, hombres y 
mujeres corrían a ver, como ellos decían, al indio 
Santo y. postrándose ante sus restos, fijaban sus 
ojos en aquel cuerpo inanimado, sin poder conte- 
ner las lágrimas. Besábanle los pies y los que le 
habían conocido y experimentado sus favores, pro- 
clamaban sus virtudes y encomiaban su caridad. 
"Fue un espectáculo verdaderamente digno de ad- 
miración, dice el P. Sartolo, ver en este día pos- 



73 



trados a los pies de un indio sastre lo más lustroso 
y estimable del mundo; El Sacerdocio, la Noble- 
za, las Dignidades, los Hábitos, las varas de los 
Jueces y las Togas de los Senadores; todos se hu- 
millaban a sus plantas, reconociendo cuánto sobre- 
puja la virtud a este oropel y vano lustre que arre- 
bata los ojos de los mortales". 

La ciudad de Lima había sido testigo de su ejem- 
plar vida y de sus virtudes, pero en el concepto de 
la mayoría, Nicolás no pasaba de ser un buen hom- 
bre, un devoto y buen cristiano. Él, como verdade- 
ramente humilde, había tenido buen cuidado de 
encubrir sus heroicas virtudes, y por eso el juicio 
del mundo no era equivocado. Pero ahora el Cielo 
se encargó de glorificarlo y entonces se cayó en la 
cuenta de que bajo ese exterior nada singular, se 
ocultaba una gran santidad, como bajo la corteza 
dura se oculta muchas veces el sazonado fruto. 

Tres días permaneció su cuerpo sin enterrar, a 
fin de dar a todos ocasión de contemplar sus restos. 
Dice el Anónimo que quedó su cuerpo con un olor 
suavísimo que no se podía discernir de qué fuese 
y no parecía cosa de la tierra. Aprovechóse la oca- 
sión, para que un pintor, mudo de nacimiento y 
muy diestro en el arte, sacase su retrato y lo sacó, 
dice el Anónimo, tan propio que no hay más que 
desear. Puso en su mano derecha un corazón con 
la Santísima Trinidad, ofreciéndole a Jesús Cruci- 



74 



íicado, pero lo hizo por propia iniciativa y sin que 
nadie se lo indicase. 

Antes de levantar el cadáver para conducirlo a 
la Iglesia del Hospital, en donde había de recihir 
sepultura, las Religiones, sin preceder convite algu- 
no, vinieron a cantarle un responso y otro tanto 
hicieron las Cofradías de los naturales, como las 
de Ntra. Sra. de Consolación, la de Copacabana y 
la del Niño de Huanca, trayendo la cera y estandar- 
tes con que luego habían de acompañar su cuerpo. 

El martes 9 de noviembre, depositaron sus restos 
en la Iglesia del Hospital de San Diego, amortajado 
con el hábito del Loco de Granada, el beato Juan 
de Dios. Le tocaba hacer el entierro a la Parroquia 
de la Catedral, pero, los curas cedieron sus dere- 
chos a los HH. Hospitalarios. Numeroso gentío acu- 
dió a su entierro, de tal modo que fue necesario 
que los soldados de la guardia del Virrey fuesen a 
la casa del difunto y a la Iglesia, a fin de poder 
trasladar el cadáver e impedir los atropellos de la 
multitud. A la puerta del templo, cuatro señores 
de la Real Audiencia cargaron el ataúd y se halla- 
ron presentes a la ceremonia, sintiendo muchos que 
por la reducida extensión de la Iglesia no les fuere 
permitido entrar en ella. 

El día 15 de noviembre, a los ocho días de la 
muerte de Nicolás, el Cabildo de Lima determinó 
celebrar sus exequias en la misma Iglesia y los 
vecinos más notables de Lima se apresuraron a 



75 



asegurar el asiento, enviando sus escaños y alfom- 
bras, de modo que pronto no quedó espacio libre. 
Amaneció dicho día, dice el Anónimo, y antes de 
que se abriesen las puertas de la Iglesia había tanta 
gente que sobraba para llenarla y baste por ponde- 
ración que el Virrey, D. Baltazar de la Cueva, 
Conde de Castellar, quiso asistir a las honras y no 
pudiendo entrar por la puerta principal fue nece- 
sario que entrase por la portería del Convento y 
saliese a la Capilla Mayor por la Sacristía. 

Hizo oficio de preste el Canónigo D. Alonso de 
los Ríos y Berris, Caballero de Calatrava y se halla- 
ron presentes la Real Audiencia, el Cabildo de la 
ciudad y buena parte de la Nobleza. Dieron asiento, 
después de los Alcaldes, al hijo de Nicolás, Boni- 
facio, niño de doce años, y después de los Capitula- 
res, en las mismas bancas a un hermano del Siervo 
de Dios y a otro sobrino suyo, como lo había orde- 
nado el Virrey. La Oración fúnebre la pronunció el 
P. José de Buendía de la Compañía de Jesús, uno 
de los últimos padres espirituales que tuvo Nicolás 
y lo hizo a satisfacción de todos, dando a conocer 
las virtudes del difunto y los singulares favores que 
había recibido de Jesucristo y su Madre Santísima. 

Acabadas las honras, el Virrey y algunos de los 
Oidores condujeron a Bonifacio v a los parientes de 
Nicolás en sus carrozas, a la casa de Jesús, María 
y José, que recorrieron toda, visitando los Orato- 
rios donde solía recogerse el Siervo de Dios y hacía 



76 



sus penitencias l . Salieron todos admirados del 
orden que allí resplandecía, y sobre todo, del 
ambiente de fervor y piedad que se respiraba. 

A estas honras solemnes se siguieron las que te- 
nían dispuestas los naturales a su paisano Nicolás 
en la Iglesia de La Merced, donde se hallaba esta- 
blecida la Cofradía de Ntra. Sra. de la Consola- 
ción, de la cual había sido Mayordomo. Tuvieron 
lugar el lunes 13 de diciembre de 1677 y acudió 
a ellas gran concurso de gente, sobre todo indios. 
Levantóse un elegante túmulo y en él ardían muchas 
ceras que las Cofradías costearon, deseando honrar 
a Nicolás. Predicó el P. Francisco Vargas Machuca, 
confesor que había sido del Siervo de Dios y aun- 
que parece que hubo que vencer algunas dificulta- 
des para que se le permitiese hablar, pues dice el 
Anónimo que no faltó quien dijese que no había 
necesidad alguna de predicar tan repetidamente en 
las honras de un indio, al fin se vencieron y el 
Padre hizo cumplido elogio de sus virtudes. 

Chiclayo, su pueblo natal, no quiso quedarse 
atrás. Nicolás había honrado a su patria chica y 
es hoy y será siempre uno de sus hijos más ilustres. 
Los Religiosos de San Francisco, que habían sido 
sus Maestros, fueron los primeros en celebrar sus 
exequias y luego se siguieron los indios, desplegan- 

1 Bonifacio, el hijo de Nicolás, no sobrevivió por mucho tiem- 
po a su padre. Vino a fallecer de corta edad. Fue enterrado tam- 
bién en San Juan de Dios. 



77 



do en arabas toda la pompa que fue posible. Por 

tres días consecutivos se cantaron misas de réquiem, 
corriendo los españoles con los gastos del día pri- 
mero, el segundo los indios y el tercero el P. Guar- 
dián. Tales fueron las honras que se tributaron al 
Siervo de Dios aquí en la tierra. Su mayor recom- 
pensa ya la había recibido en el Cielo, pero era 
justo que a quien se desveló por socorrer a sus 
semejantes y pasó por esta vida, como el Divino 
Maestro, haciendo el bien, le mostrasen su recono- 
cimiento la sociedad y sus individuos 2 . 



2 Por una carta de Francisco Chirinos, de 27 de Febrero 
de 1680, se trató de comprar la casa en que había nacido, pero, 
estando caída la iglesia y Chiclayo muy pobre, hubo que desistir. 



78 



Capítulo XVI 



LA FUNDACIÓN DE NICOLÁS 

Con la muerte del Hermano Nicolás la casa de 
Jesús, María y José que antes era poco conocida, 
porque se ignoraba que dentro de sus muros vivían 
una docena de doncellas recogidas y virtuosas, bajo 
la dirección de la Madre Jacinta, empezó a ser 
visitada y muchos se interesaron por ella. Contri- 
buyó a darle crédito el favor que la Santísima Vir- 
gen dispensó a Nicolás, prometiéndole tomarla bajo 
su protección, hecho que dio a conocer su Panegi- 
rista en las exequias que se le hicieron y que luego 
se divulgó en la ciudad. 

Las visitas se sucedían unas a otras, de modo 
que hasta el fin del año 1677 y en los primeros 
meses del siguiente, las hermanas tuvieron bastante 
ocupación en atender a los que solicitaban entrar 
y sólo el Domingo de Cuaresma se cerraron las 
puertas a fin de que pudieran dedicarse con sosiego 
a sus habituales ejercicios. 

Como hemos dicho, la casa carecía de Capilla 
donde pudieran celebrar la Santa Misa, y las her- 



79 



manas ge veían obligadas a sal* a oírla y a 

frecuentar los Sacramentos. Por fin, el Deán D. 
Juan Santoyo de Palma, que hacía de Provisor 
les concedió licencia para decirla en uno de los 
Oratorios de la casa. Tardaron en aprovecharse de 
la gracia, por carecer de lo necesario, hasta que un 
día, al salir del templo de San Agustín la Madre 
Jacinta, la vio el Deán que pasaba en su carroza y 
llamándola le dijo: ¿Cómo, hermana, viene a oír 
Misa fuera de casa? ¿No le dije que la mandara 
decir en su Oratorio? Vaya y disponga luego que 
se diga y si no tiene quién, iré yo a decirla. 

Jacinta agradeció el ofrecimiento y, al volver a 
casa, empezó a disponer el Oratorio de la Purísima 
que era el más capaz para la celebración del Santo 
Sacrificio. Pidió prestado ornamento a los Religio- 
sos de San Juan de Dios y el día l 9 de enero 
de 1678 dijo la primera Misa el Canónigo D. Alon- 
so de los Ríos, siguiéndole el día 2 el P. José de 
Buendía 1 . 

Como la Capilla era muy corta y no cabían en 
ella los muchos que acudían, se resolvió hacerla en 
el patio de la casa que caía al exterior y, a la mitad 
de la Cuaresma del año 1678, se habilitó una pieza 
más espaciosa que pertenecía a la casa vecina, pro- 
piedad del Licenciado Francisco de Mendoza y Cis- 
neros, abogado de la Real Audiencia y Auditor 

1 Biblioteca Histórica Peruana, vol. V, p. 213. 



80 



General de Guerra, el cual le cedió el sitio genero- 
samente a la Madre Jacinta. En dicha Capilla se 
colocó una buena pintura de Jesús, María y José en 
el altar principal y en otro situado a un lado y 
enfrente, una buena escultura de la Purísima que 
se mandó hacer al intento y debajo de él una Santa 
Rosa que Nicolás mandó pintar, con motivo de su 
Beatificación 2 . 

Estrenóse esta Capilla el domingo 18 de abril 
y dijo la Misa el P. Fr. Fernando de Valdez, domi- 
nico. Poco tiempo antes, por el mes de febrero 
de 1678, entró en la ciudad D. Melchor de Liñán 
y Cisneros, Arzobispo de Lima, cumpliéndose la 
profecía de Nicolás. En cierta ocasión se lamentaba 
ante él una señora, a quien el Arzobispo socorría 
algunas veces desde Chuquisaca, por el amor que 
tenía a su marido y el Siervo de Dios, le dijo: Ya, 
señora, no se desconsuele, que el Señor Arzobispo 
vendrá a serlo de Lima y será todo su remedio. 
Ella entonces le respondió: "Hermano Nicolás, que 
más dicha querría yo, pero lo tengo por imposible". 
Instó él que así sería y añadió que el Señor Liñán 
y Cisneros sería también Virrey. Los que le escu- 
chaban no pudieron menos de sonreírse, porque era 
caso inusitado, pero él repuso: "Allá lo verán", 
como dando a entender que él no lo vería, como 
en efecto así sucedió. 

2 ¡bul., p. 214. 



8] 



D. Melchor de Liñán empezó a visitar los con- 
ventos y beateríos nuevamente erigidos y no fue el 
postrero esta Casa de Jesús, María y José. Recibié- 
ronle las Hermanas con el respeto que se debía a 
su dignidad y se informó bien de la vida que lle- 
vaban y de su número, que entonces era de doce. 
Concedió algunas indulgencias a los lienzos que 
había en la Capilla y mostrando su complacencia 
por lo que había visto, desde entonces no dejó de 
favorecer y socorrer a la Casa. 

Vivían entonces en ella 18 personas, a las cuales 
Nicolás en vida sostenía con su trabajo y con limos- 
nas, mas ahora les faltaba lo primero y dependían 
en todo de las segundas. Sin embargo, la Providen- 
cia no les faltó. Un caballero las abastecía de pan, 
otro enviaba cada semana unos cuantos pesos, de 
modo que no padecían necesidad, antes bien po- 
dían repartir al mediodía alguna comida a los 
pobres. Aun en tiempo de Nicolás éste se valía de 
algunos de sus discípulos, indios como él, para pe- 
dir limosna en favor de esta casa y continuó la 
costumbre, saliendo el demandado por la mañana 
a pedir y volviendo en la tarde con la canasta llena 
de verdura y legumbres que le daban en el mer- 
cado y con algunos reales. 

Dada la austeridad de su vida, pues de ordina- 
rio se privaban de la carne, no es de extrañar, por 
una parte, que les sobrara con lo que recibían y, 
por otra, que fueran generosos con ellas. 



82 



Era en verdad esta casa un remedo de la que 
más tarde fundara Cottolengo en la ciudad de Tu- 
rín, sin otro auxilio que el de la Providencia. Un 
hecho narrado por el Anónimo, como testigo ocular, 
lo como) obará. Un día después de comer llamó un 
pobre pidiendo una limosna. La Hermana Jacinta 
mandó a la que tenía cuidado de la despensa le 
diese pan y ésta respondió que no había sino uno 
y que para la cena faltaba del todo. La Madre Ja- 
cinta replicó: "Déselo, Hermana, que Dios provee- 
rá". Hízose así, el pobre dio las gracias y fuese 
contento. No tardó en aparecer la mano de Dios. 
De ahí a un rato, presentóse un negro en la puerta 
con un canasto grande lleno de pan y preguntándole 
que quien lo enviaba, respondió: "Mi amo me 
mandó que lo trajese y dejase aquí" y sin aguar- 
dar más se marchó de prisa. Otros hechos pareci- 
dos refiere el mismo autor, pero los omitiremos 
para no dilatar este capítulo. 

La Capilla antes descrita tenía sólo 7 varas en 
cuadro y se pensó en ampliarla. Facilitó la obra 
el mismo P. Francisco de Mendoza, el cual cedió 
unos aposentos que caían detrás del altar mayor 
para darle más longitud y luego se comenzó la fá- 
brica, derribando unas paredes viejas, levantando 
otras nuevas y techando lo agregado. Un devoto 
hizo lo<? gastos y otro costeó la reja que dividiría 
la Capilla de la sala que ocupaban las Hermanas. 
Dios fue proveyendo todo lo necesario con limos- 



83 



ñas, de modo que se erigieron tres altares, el mayor 
con el cuadro de Jesús, María y José, dentro de 
un marco tallado; al lado del Evangelio, otro con 
un Crucifijo de pintura, de escuela romana, y en- 
frente otro con la imagen de la Purísima. 

Esta Capilla tenía 13 varas de largo y 7 de 
ancho y una Sacristía bastante capaz. La reja estaba 
frente al altar mayor y a los lados había dos confe- 
sonarios. En el coro o sala de las Hermanas había 
también un pequeño altar con un devoto crucifijo 
y encima el lienzo de la Purísima que Nicolás había 
colocado en uno de los antiguos Oratorios. A su 
lado se veía la Cruz que usaba al andar las estacio- 
nes. El jueves 8 de diciembre de 1678 se realizó 
el estreno y el domingo 11 del mismo mes se co- 
menzó un Octavario, acudiendo en esos días a cele- 
brar el Sr. Deán y otros canónigos y predicando en 
la tarde diversos oradores, de los más afamados 
que había entonces en Lima. 

Dios quiso completar lo hecho hasta entonces y 
dispuso que un hombre español y virtuoso se pre- 
sentara a la Madre Jacinta y le entregara 500 pesos 
que era todo su caudal y se ofreciera a servir en 
persona a la casa. Determinóse que saliera por todo 
el Reino, a pedir limosna con licencia del Arzo- 
bispo, y, contentándose con un saco y una capa de 
paño de Quito, salió el sábado 23 de febrero 



84 



de 1679, muy confiado en que la Providuisia 
cuidaría de él. Aquí termina el relato del Anóni- 
mo y las noticias que de los principios de la casa 
de Jesús, María y José, dejó a la posteridad. 



85 



Capítulo XVII 



EL MONASTERIO DE JESÚS MARÍA 

Desde el año 1685 se pensó en transformar el 
Recogimiento de Jesús., María y José en Monaste- 
rio. Como en él se profesaba estricta pobreza, así 
María Jacinta como las demás Hermanas, pusieron 
los ojos en las Capuchinas, cuya regla es la más 
austera dentro de la Orden Franciscana. También 
se pensó en convertirlo en Monasterio de Carmelitas 
Descalzas, pero se desistió porque ya había en Lima 
uno de esta Orden y se estaba tratando de abrir 
otro. Hubo que vencer no pocas dificultades, espe- 
cialmente por parte del Arzobispo, pero al fin se 
fueron venciendo y en el año 1691 parecía haberse 
llegado a una solución. 

Tanto por la regla que se pensaba adoptar como 
por el número de las Religiosas, que no había de 
pasar de 21, no se hacía necesaria cuantiosa renta 
y con limosnas era posible que se mantuviese la 
fundación, teniendo sitio propio y medios para 
costear la fábrica del edificio. La Madre María 
Jacinta escribió a las Capuchinas de Madrid, expre- 



8€ 



sándoles su intento y aquellas religiosas dieron 
cuenta de su pretensión al Cardenal Arzobispo de 
Toledo. Éste les dio su licencia para aceptar el ofre- 
cimiento que se les hacía y el Rey las autorizó para 
emprender el viaje por R. C. de 31 de diciembre 
de 1698, fechada en Madrid. Confirmó esta resolu- 
ción por otra posterior Felipe V, en vista de los 
informes favorables del Virrey, Audiencia, Arzo- 
bispo de Lima y Cabildos, y dispuso pasasen a 
Lima cinco religiosas. (R. C. Madrid, 8 de octubre 
de 1707). 

Había llegado a Madrid con el fin de traer a las 
religiosas el Pbro. P. José Justo Gallegos y éste 
obtuvo que el día 9 de octubre de 1709 se conce- 
diese la licencia para la salida de las religiosas. 
Éstas eligieron el día 14 de dicho mes a las cinco 
que habían de salir a la fundación y el 3 de enero 
de 1710 abandonaron Madrid rumbo a Cádiz, don- 
de por el mes de marzo se embarcaron en la flota 
que las había de conducir a Buenos Aires. 

Poco después de su salida, el barco que las con- 
ducía cayó en manos de los navios holandeses, los 
cuales las condujeron a Lisboa, donde desembar- 
caron el 2 de abril. Vueltas a España se dispuso 
su embarque para las Indias, logrando darse nueva- 
mente a la mar el 27 de diciembre de 1711. Entre 
tanto, había fallecido en Lima el 25 de diciembre 
de 1710 la Madre María Jacinta, sucediéndola en 



87 



el gobierno la Madre María Isabel de la Nati- 
vidad \ 

El día l 9 de febrero de 1713 dieron fondo en la 
bahía del Callao y el día 4 entraron en el Recogi- 
miento de Jesús María donde las esperaban las 
Hermanas con ansias. Comenzó entonces la vida de 
este monasterio cuya fábrica estaba en gran parte 
hecha, salvo el templo que sólo quedó terminado el 
año 1720. Desde entonces hasta ahora ha florecido 
y se ha conquistado merecidamente la fama de ser 
uno de los más observantes. 



1 Sobre el viaje de las Capuchinas fundadoras v. el tomo V 
de la Biblioteca Histórica Peruana. Relación, etc., p. 259 y s. 



88 



Capítulo XVIII 



LA CAUSA DEL SIERVO DE DIOS 

Dos años después del fallecimiento de Nicolás 
de Dios, el 27 de mayo de 1679, José María de 
Estela, Procurador General de los Indios presentó 
ante el Provisor del Arzobispado, D. Pedro de Villa- 
gómez, una petición en forma, en la cual solicitaba 
a nombre de todos los del Reino, la apertura de las 
Informaciones sobre su Vida y Virtudes. Aún estaba 
fresca la memoria del indio chiclayano y a nadie 
pareció fuera de lugar la solicitud de los naturales. 

Gobernaba entonces la Iglesia de Lima, D. Mel- 
chor de Liñán y Cisneros y aunque no rechazó la 
petición de los indios, tardó un tanto en mandar 
abrir las Informaciones del caso. Nombróse para 
este intento. Promotor Fiscal, a D. José de Lara y 
Galán y las declaraciones de los testigos se empe- 
zaron a tomar hacia el año 1689 y en 1690 estaba 
terminado este Proceso. Se remitió a Roma y el 
Procurador de la causa parece haber sido D. Gaspar 
de Villalobos. Examinado en la Sagrada Congre- 
gación, se imprimió en italiano un Sumario del 



80 



mismo y, una vez aprobado el 20 de mayo de 1699 
y dado respuesta a las objeciones del Promotor de 
la fe, se enviaron el 6 de octubre el Rótulo y Remi- 
soriales para la apertura del Proceso con autoridad 
apostólica, sobre las Virtudes y Milagros in genere, 
del Siervo de Dios o sea sobre su fama de Santidad, 
pava lo cual bastaban unos 15 testigos o poco más. 

Todo parecía sonreír a esta causa, pues se había 
conseguido su introducción con bastante celeridad y 
con la remisión del Rótulo se iniciaba una nueva fa- 
se, la de mayor importancia. El Arzobispo D. Mel- 
chor de Liñán, a 3 de diciembre de 1700, dio comi- 
sión al D. D. Dionisio Granada, su Capellán, para 
unas Informaciones previas que se habían de hacer 
y un año más tarde, el 2 de noviembre de 1701, 
escribía a S. M. dando cuenta de lo hecho y de las 
dificultades que se habían presentado y por lo cual 
había ocurrido a Su Santidad. No dejaba de adver- 
tir que las Informaciones del Proceso hecho con 
autoridad del Ordinario, parecían viciosas y faltas 
de verdad, por lo que había sido preciso hacer una 
averiguación previa antes de la apertura del Pro- 
ceso Apostólico. 

Esta medida paralizó la causa y en cierto modo, 
dio en tierra con ella. ¿Qué había sucedido? 
En 1684 se imprimía en Madrid la Vida de Nicolás, 
escrita por el P. Bernardo Sartolo, de la Compañía, 
Catedrático de Artes en el Colegio de Santiago de 



Salamanca. El autor recibió el encargo de escribir- 
la y desde Lima se le enviaron los datos necesarios. 
D. Pedro García de Ovalle, Oidor que había sido 
de la Audiencia de los Reyes y por entonces Oidor 
de la Cancillería de Valladolid, lo animó a tomar 
sobre sí esta tarea. Cuando llegaron los ejemplares 
de esta obra a nuestra ciudad, la Inquisición se 
alarmó, especialmente porque en el libro se citaba 
una visión de Ángela Carranza, penitenciada por 
el Santo Oficio, en favor de Nicolás. Descubriéron- 
se otras fallas y errores y se terminó por prohibir 
la obra y se mandaron recoger los ejemplares. 
(V. en el Apéndice el edicto en cuestión). 

El suceso alarmó al Arzobispo y como por enton- 
ces se recogieran algunos Apuntamientos de María 
Jacinta, mujer que había sido de Nicolás y en ellos, 
a juicio de algunos que lo examinaron, se hallaron 
proposiciones erróneas, contrarias a la verdad, es- 
candalosas y poco seguras, se empezó a dudar de 
la validez de las primeras Informaciones y aun 
de la fama de Santidad de Nicolás de Dios. 

Dióse entonces el caso bastante curioso de una 
doble corriente, una favorable a la causa que patro- 
cinaba la Sagrada Congregación de Ritos en Roma 
y otra contraria a ella, la de la Curia de Lima y 
la del Santo Oficio de esta ciudad. No obstante 
haberse remitido las Instrucciones y autorización 
para el Proceso Apostólico, a éste no se le dio curso 



01 



en Lir§a y el 4 de octubre de 1707 el Arzobispo 
Liñán escribía a Su Santidad, Clemente XI, expo- 
niendo las razones que había tenido para dilatar 
su ejecución 1 . Esto no obstante, desde Roma se instó 
porque se llevase a cabo y el Protector de los Indios, 
presentó la orden el 15 de mayo de 1709, cuando 
ya había fallecido el Obispo Liñán. Se enviaron 
también las Remisoriales para el Proceso de Virtu- 
tibus et Miraculis in specie, ne pereant probationes, 
a fin de que no padeciese la causa por falta de tes- 
tigos, pero todo fue en vano. Pasó el tiempo: en el 
año 1713, se procedió a nombrar la Comisión, 
pero aün en 1716 nada se había hecho, aun cuando 
en 1711 se habían fijado edictos citando a los tes- 
tigos. 

Uno de los jueces, el Obispo Auxiliar D. Fran- 
cisco Cisneros y Mendoza, fue de parecer, l 9 , que 
se procurase sacar de la Inquisición el Proceso 
Informativo original; 2 9 , ocurrir a Roma, a fin de 
que no habiéndose formado los procesos para los 
que se despacharon remisoriales y aun haber pro- 
longado el término, se despachen letras apostólicas, 
sin condición alguna, para abrir el proceso De Vir- 
tutibus in specie en el cual pueda declarar todo 
género de personas. 

1 Al Arzobispo le llegó una carta del Duque de Uceda, Em- 
bajador de España en Roma, de 19 de Mayo de 1703, en la cual 
le comunicaba haber recibido orden de suspender toda diligencia 
en orden a la causa d» Nicolás de Dios. A. de I. Lima, 520. 



92 



El primer proceso, el único que había »id» 
remitido a Roma, fue mandado recoger por la In- 
quisición y por esta causa no se encuentra en el 
Archivo Arzobispal. En cambio se hallan otros 
informes parciales que se mandaron hacer en tiem- 
po de D. Melchor de Liñán y Cisneros y después 
de su muerte, en los cuales, por el tenor del interro- 
gatorio y otros adjuntos, más se tiraba a desacredi- 
tar la causa de Nicolás y a quitar valor a las decla- 
raciones contenidas en el Proceso Ordinario, que a 
buscar la verdad. 

Tal fue la suerte que corrió esta causa, en cuya 
ventilación influyeron poderosamente las circuns- 
tancias arriba anotadas y el hecho de tratarse de 
un indio, de mediana condición pero, al fin, de una 
raza a la cual todavía se miraba con desdén y fre- 
cuentemente, con menosprecio. Ya dijimos que, a 
raíz de su muerte, cuando se trató de celebrar sus 
exequias en la Iglesia de la La Merced, hubo que 
vencer la resistencia que algunos oponían, parecién- 
doles superfluo e inusitado el que se volviese a ha- 
cer desde el pulpito el elogio de un indígena. Otro 
tanto ocurrió, como se dice en los Procesos, cuando 
el P. Buendía hubo de pronunciar la Oración Fú- 
nebre de Nicolás. Dícese, que al pasar por el con- 
vento de La Merced, se le hizo encontradizo un 
Padre Maestro de aquella Orden y, al verlo, le dijo 
sin más ni más: "¿Y qué va a decir, Padre, de este 
indio difunto? ¿De seguro que nos saldrá con al- 



03 



guiias consejas?" El P. Buendía respondió que, 
ciertamente, no las diría sino lo que era verdad. 
Como este religioso debían pensar muchos enton- 
ces y después y en los procesos adicionales que en 
tiempo de D. Melchor de Liñán y Cisneros se man- 
daron hacer, precisamente para desvirtuar lo afir- 
mado por los testigos en el hecho con autoridad 
del Ordinario, esta prevención es manifiesta. En 
Roma, en cambio, libres de estos prejuicios y con 
un sentido más cristiano y universalista, se pensó 
desde un principio que la glorificación de un indio 
natural de este suelo, podría contribuir a afirmar 
en la fe a los ya cristianos y a acelerar la conver- 
sión de los que aún no la habían abrazado 2 . 



2 Los restos de Nicolás, recibieron sepultura, como se ha dicho 
en la Iglesia del Hospital de San Diego, junto al altar del Cruci- 
ficado, que había sido obra suya y en donde celebraban sus cultos 
los Hermanos de la Escuela de Cristo, por él establecida en aquel 
templo. Allí reposaron hasta el momento en que Iglesia y Con- 
vento fueron expropiados para convertirlos en la estación del 
Ferrocarril al Callao. Según los periódicos de la época el día 26~de 
Junio de 1851, se extrajeron de la Iglesia de San Diego los 
restos de Fray Sebastián Arbide, fundador del Convento y de 
Nicolás de Dios y en procesión que presidía el Obispo auxiliar 
de Lima, Mons. José Manuel Pascuel, fueron conducidos a la 
Iglesia de Jesús María en donde se les dio sepultura. Hoy, los 
restos de Nicolás se hallan en el coro bajo del convento, dentro 
de una especie de alacena y próxima a la reja del comulgatorio. 
Sería de desear que fuesen trasladados a lugar más visible. 



94 



APÉNDICE 



Documento N 9 1. Partida de Bautismo de 
Nicolás de Dios 

Fray Francisco de Gamarra del Horden de Nuestro 
Seráfico Padre S. Francisco, Predicador, Cura Parrocho 
deste pueblo de Santa María del Valle de Chclayo, certi- 
fico que en un libro de a pliego entero, aforrado en per- 
gamino, donde se asientan las partidas de los hijos de 
los Naturales que se bautizan en esta Iglesia está una 
partida a fojas 64. del tenor siguiente: En catorce de 
Marzo de 1630 y dos años yo, Fr. Francisco Sánche?, 
Cura y Vicario de este pueblo de Chiclayo, bautizé, puse 
óleo y crisma a Nicolás, hijo legítimo de Rodrigo Puycum 
y de Francisca Faxollem, de diez días, de esta parciali- 
dad de Chiclayo. Fue Madrina Da. Bernardina de Arias, 
testigo Gabriel Fancul, Juan Chaffo y para que conste 
lo firmé. Fr. Francisco Sánchez." La cual partida es 
cierta y verdadera y concuerda con su original ... Y para 
que conste di la presente en siete de Junio de mil seis- 
cientos ochenta y nueve años. Fr. Francisco Gamarra." 

Proceso del S. de D. Nicolás de Ayllón. fol. 629 v. 



Documento N° 2. Partida de Matrimonio de 
Nicolás de Dios y de María Jacinta 

"En 8 de Enero de mil seiscientos sesenta y un años, 
aviendo precedido licencia del D. D. Pedro de Villa- 



95 



gómez, Provisor y Vicario General de este Arzobispado 
y las tres amonestaciones que dispone el Santo Concilio 
de Trento. yo, Fray Juan de Ayllón, del Orden de mi 
Padre San Francisco, con licencia del Licenciado Fran- 
cisco Gamarra, Cura Rector desta Santa Yglesia, casse 
por palabras de presente que hicieron verdadero y legí- 
timo matrimonio según Orden de Nuestra Santa Madre 
Iglesia Católica Romana a Nicolás Puissón, indio, natu- 
ral del pueblo de Chiclayo, hijo de D. Rodrigo Puisón 
(en el texto dice Lusón) y de Da. Francisca de Jesús con 
Jacinta Montoya, indiana, natural del pueblo de la Con- 
cepción de Xauxa, hija de padres no conocidos, siendo 
testigos Nicolás de Robles y Jerónimo Costilla y lo 
firmé. — Fr. Juan de Ayllón. 

Parroquia del Sagrario de Lima. Libro en que se asien- 
tan los casamientos de los indios que comienza a 12 de 
Febrero de 1658 años. . . f. 39 r. 



Documento N° 3. Edicto de la Inquisición de los Reyes 
prohibiendo el libro de la Vida de Nicolás de Dios del 
P. Bernardo Sartolo 

"/Nos los Inquisidores Apostólicos Contra la Herética 
Pravedad / Y Apostasia en estos Reynos y Provincias del 
Peni, Tucuman ; Paraguay y Chile que residimos en esta 
Muy Noble / y Leal Ciudad de los Reyes... Item un 
libro intitulado Vida Admirable y Muerte prodigiosa de 
Nicolás de Ayllón y con renombre más glorioso Nicolás 
de Dios natural de Chiclayo en las Indias del Perú. 
Escrita por el P. Bernardo Sartolo de la Compañía de 
Jesús Cathedrático de Artes en el Colegio de Santiago. 
Impresso en Madrid por Juan García Infanzón. Año 
de 1684, 



96 



Por ser contra las reglas genrales del expurgatorio del 
año 1640 y contener muchas revelaciones de otras per- 
sonas atribuydas al dicho Nicolás de Dios, que son sospe- 
chosas en la verdad y otra revelación conocidamente falsa 
con que pretende probar el Autor muchos casos particu- 
lares como es la que se refiere en el cap. 21 en la pági- 
na 265, en que se dice averie manifestado nuestro Señor 
a una gransierva de Dios de grandes créditos de santidad 
y seguridad de virtud, en el punto de su tránsito, las 
victorias que entonces consiguió del Demonio y que fue 
al Purgatorio de donde sacó muchas ánimas para llevár- 
selas al cielo y el grado de gloria en que después fue 
colocado y vezino al trono magestuoso de Christo N. 
Señor y semejante en los resplandores de su gloria a otros 
muchos Santos en cuya compañía se hallava de los quales 
era uno el Santo Profeta Rey David & Por ser dicha 
revelación como se ha comprobado, de persona que fue 
castigada por este Santos Oficio por aver escrito y dicta- 
do muchas revelaciones falsas y otras de varias calidades 
con muchos errores, cuyos escritos se han mandado reco- 
ger por edictos generales y hallarse en dichos escritos 
comprehendida dicha revelación. Y no ser justo corra 
en libros impresos acreditada de virtuosa, santa, estática 
e iluminada de Dios, quien por el Santo Oficio fue conde- 
nada y castigada y abjurado de vehementi. Y que de 
correr dicho libro seria en grave perjuicio de la christiana 
pureza y catholica devoción de los fieles y también en 
detrimento notable de la virtud del dicho Nicolás de Dios 
que constare por los medios debidos. . . Dr. Francisco 
Valera. — (rubricado) — Por mandato del Sto. Oficio de 
la Inquisición. D. Miguel Román de Aulestia. (rubricado). 

Impreso en Lima en 1696. 



97 



Documento N 9 4. Carta del Consejo Supremo de la 
Inquisición a los Inquisidores Apostólicos de los Reynos 
del Perú. 1713 

"En el Consejo, presente Su Eminencia el Sr. Cardenal 
Inquisidor, se ha visto el proceso que aveis remitido con 
carta de 30 de Octubre de 1711 formado en essa Inqui- 
sición contra Maria Jacinta de la Santissima Trinidad 
muger que fue de Nicolás de Ayllón, alias de Dios, sobre 
diferentes y varias revelaciones y otras cosas tocantes a 
la Vida y Virtudes del dicho su marido y se ha resuelto 
esta bien la respuesta que aveis dado a la Junta Apostó- 
lica sobre la entrega de los papeles tocantes a Nicolás de 
Ayllón y si instare sobre ello, repetiréis lo mismo escu- 
sando la entrega assi de los hechos por el Santo Oficio 
como de los executados por el Juez Eclesiástico retenidos 
en esse Tribunal. Y respecto de que no se hallan en el 
Consejo dichos papeles ni los de esse Tribunal ni los del 
Juez Eclesiástico que expresáis haveis remitido con carta 
de 31 de Agosto de 1696, embiareis copia de todos ellos, 
participando lo que llegareis a entender del estado de las 
Informaciones que está recibiendo la Junta Apostólica 
para que se de la providencia conveniente. Y se ha acor- 
dado que en vista de la delación de Maria Jacinta devisteis 
pasar a las diligencias de su reconocimiento y califica- 
ción para executar lo que condujesse con pleno conoci- 
miento de la materia y por los medios que se conside- 
raban eficaces recojereis los traslados que de sus escrip- 
tos envió a varias partes dicha Maria Jacinta y embiareis 
copia de dichos escritos contenidos en esta denunciación. 
Dios guarde. . . Madrid a 19 de Henero de 1713. — 
D. Juan de Almagro. — D. Santiago. . . — D. Fr. Anto- 
nio Ramirez. — 

Mss. Col. Vargas 



96 



Documento N° 5. Certa que el Virrey, Duque de la 
Palata y la Audiencia de Lima, escriben o S. M. pidiendo 
la fundación de Monasterio en el Recogimiento de Jesús 
Moría. 1685 

En esta ciudad ubo un gran barón ; indio de nación 
que nació en el pueblo de Chiclayo, distrito de esta 
ciudad, nombrado el H° Nicolás de Dios, de exemplar 
vida. Entre otros exercicios que profesó fué suma chari. 
dad en lo espiritual, deseando ferborosamente que todos 
sirviesen a su criador. En lo temporal con largas limos- 
nas, que por ser oficial de corto posible llegaron muebas 
personas de juicio a persuadirse tenia algún thesoro y era 
asi, porque según la común beneración y afectuosa edifi- 
cación de todos estados con que Dios le honrró en su 
muerte y operaciones que se experimentaron tenia el de 
la fe y esperanza en la providencia de Dios, de que sir- 
viéndose V. Mag. de y n formarse lo podrá bazer el Conde 
del Castellar que se halló en sus honrras y siendo Virrey 
destos reinos y el Lic. D. Pedro García de Oballe, oidor 
de Valladolid que le comunicó. Por estos afectos recogió 
en su casa hasta 18 donzellas pobres en quienes reconoció 
constancia en dejar del todo al mundo y dedicarse a Dios 
con integro corazón prometiendo sustentarlas con lo nece- 
sario y con Doctrina, pues les llebaba libros y padres 
espirituales, a quienes este S. de D. platicaba y aconsejaba 
la perfección y le obedecian cordialmente, qual manifestó 
el sentimiento que tubieron de su muerte. El dia antes, 
que fué 7 de Noviembre de el año pdo. de 1677 las con- 
soló diziendo a su esposa la Hna. Jacinta de la Sma. 
Trinidad que aquella casa se llamase Jesús, María y José 
que no les faltaría la providencia de Dios, según se lo 
avia prometido la Reina de los Angeles. 

Precedió muchos años antes profecía de este Patrocinio, 



99 



dt ti Ven. P. Juan de Alloza de la Cia. de Jeeús Vese 
cumplido todo, pues a más de 12 años q. se conserba este 
recogimiento governándole la dha Hna. Ma. Jacinta, sus- 
tentándola de las limosnas q pide un hombre de España, 
que renunciando lo adquirido y su esperanza temporal, 
se echó un saco e hizo esclavo de tan santos Patronos 
Jhs. Ma. Jph. Tienen estas hermanas sitio propio y medios 
para costear la fábrica; su ánimo es q. la dotación para 
su congrua sea la providencia de Dios, de la limosna q les 
diere a la manera q los conventos de Descalzas q guardan 
la regla de la Madre Sta. Clara q no tienen rentas. 

Esta ciudad de Lima es muy a propósito, así por la 
abundancia de comidas de abstinencia como por las li- 
mosnas q aseguran superabundantemente su sustento pues 
no an de ser mas q veinte y una religiosas en todas, si- 
guiendo la regla de la Sta. Madre Theresa o la q fuere 
deboción de V. Mag. Las circunstancias de la planta de 
esta casa, perseberante virtud y unión voluntaria de tan- 
tos años con notable abstracción de el mundo, siendo su 
autor y fundador el dho. S. de D. Indio de nación, hazen 
lugar a el sacro y Rl Consejo de V. Mag. dejándose enten- 
der la disposición de Dios para q los indios viendo fabo- 
recidas las obras de este su siervo, hermano suyo, de su 
patria y especie, se promuevan y exiten a su exemplo, 
actuándose para su imitación acabando de perder la incli- 
nación a idolatrías o supersticiones, pues no es la primera 
vez q Dios N. S. se vale de estos afectos naturales a este 
fin y esta Rl Audiencia se halla obligada de suplicar a 
V. Mag. q en beneficio de estos vasallos, a que tanto 
atiende su cathólica piedad, conceda licencia para que se 
haga convento y religión, profesando la regla de la Sta. 
Madre Theresa y en caso que por haber dos monasterios 
de esta regla en esta cd. fuere de reparo, puede ser la de 
Descalzas de señor San Agustín, que también hai otro 



100 



convento en ella q llaman de el Prado o aquella q futre 
de la deboción de V. Mag. en honrra y Patrocinio de 
Jesús, María y José y esperamos que las reciba V. Mag. 
debajo de su amparo Rl. cuya cathólica y Rl persona 
guarde Dios para bien y amparo de la xristiandad. Lima 
y Mayo dos de 1685. El Duque de la Palata. — D. Diego 
Xrobal Mesia. — Lic. D. Juan de Peñalosa. D. D. Diego 
Andrés Rocha. Lic. D. Pedro Frasso. D. Al p del Castillo 
de Herrera. Lic. D. Pedro Inclán de Valdes. Lic. D. Juan 
Ximenez Lobatón. Lic. D. Carlos de Cohortos. 

Concuerda con el origl de donde se trasladó por orden 
de D. Juan González de Santiago, Fiscal de S. M. a 4 de 
Mayo de 1685. Baltasar de Quesada. 

Arh° del Monasterio de Jesús Maria. 



Documento N 9 6. Real Cédula por la cual Su Magestad 
concede licencia para que se funde Monasterio de Reli- 
giosas Capuchinas en el Beaterío que con título de Jesús 
María y Joseph. se conserva en Lima. 1698 

El Rey — Por quanto la Abadesa y Religiosas del Con- 
vento de Capuchinas de esta corte han representado que 
en la ciudad de los Reyes ay un Reaterio o congregación 
de donzellas, las quales juntas y unidas viben en pobreza 
evangélica y clausura voluntaria como si legitimamente 
fueran hijas de San Francisco, cuya casa o recogimiento 
inspirado de Nuestro Señor fundó un barón de tan escla- 
recida caridad y sólida virtud que ha muchos dias se está 
tratando de su Beatificación en la Corte Romana, llamado 
Nicolás de Dios ó Nicolás Ayllón, indio de nación, el qual 
dejó la casa de su propia abitación para este recogimiento 
de donzellas virtuosas assi indias como españolas, sin 



101 



exceptuar persona, a las quales sirvió y alimentó buscando 
limosnas para ello todo el tiempo que bivio y el dia que 
pasó de los trabajos de esta temporal vida a los descansos 
de la eterna dejó mandado a su dichosa mujer, Maria 
Jacinta de la Santíssima Trinidad, prosiguiese en esta 
obra que los dos havian comenzado y seguido por espacio 
de algunos años, la qual obedezió tan exactamente que ha 
muchos que asiste en dicho recogimiento de Donzellas en 
cuyo exercicio ha adquirido tan gran fama de virtud, assi 
como esta todas las que la han seguido, haviendo siempre 
por lo menos número de veinte y tres, donde entran sin 
dolé ni renta, siguiendo siempre la evangélica pobreza de 
donde se les ha seguido tan felices progresos que ha mas 
de treinta años que viben con tal rectitud, clausura y 
exemplo que no solo son la atención y admiración de 
todos los ciudadanos de dicha ciudad sino de todo el 
Reyno y tienen casa y iglesia muy buena y suficiente, con 
aprobación de sus Ordinarios y muy frecuentada y favo- 
recida de todo género de gentes, assi eclesiásticos como 
seculares y un sacerdote, llamado D. Juan Gonzales varón 
de vida irreprensible y muy rico, que de orden del Arzo- 
bispo de dicha ciudad es su protector y persona que ha 
puesto la casa e Yglesia en perfección con sus haveres y 
anhelando las almas que están en este recogimiento a más 
perfección donde viban debajo de la regla y votos que 
las religiosas capuchinas profesan y hacer precisa su vo- 
luntaria clausura, han pedido a las suplicantes las ayuden 
en esto, participándoles y enseñándoles este modo de 
vida religiosa y desapropiada, yendo dos o mas si fuere 
necesario de este Convento a poner en este empezado 
vergel la pura y perfecta observancia de sus votos y Cons- 
tituciones y viendo cosa tan maravillosa y que no es obra 
nueva ni necesita de comenzarse pues ha tanto tiempo que 
es iglesia y recogimiento, vibiendo de limosna, fiadas en 



102 



la Providencia de Dioi. como lodo cousla de los papekt 
presentados en mi Consejo de la9 Indias, ha movido la 
charidad de sus ánimos de suerte que ay religiosas que 
se expondrán de buena voluntad a los travajos que en 
camino tan dilatado se dejan considerar, solo a fin de que 
esas almas logren la mayor unión con su Divino Esposo, 
debajo de la esencialidad de los votos y clausura religiosa, 
suplicándome las mandase dar licencia para que puedan 
poner en ejecución una obra tan del agrado de Nuestro 
Señor y, habiéndose visto en mi Consejo de las Indias 
todos los papeles y informes del Virrey del Perú, Audien- 
cia y Arzobispo y Cavildos, eclesiástico y secular de la 
ciudad de los Reyes, que ha havido sobre esta pretensión 
desde el año de 1635 que se intentó hasta el de 1690 y 
oido a los Fiscales que han sido del Consejo y consultádome 
sobre ello, reconociendo que en elevarse este Beaterío a 
Monasterio de Religiosas Capuchinas no ay perjuicio 
público, pues tienen caudal para la obra y fincas quan- 
tiosas para el sustento de Capellanes y Ministros y por 
la regla a que se pretenden subordinar no pueden tener 
hazienda propia y viven de la Providencia, he resuelto 
conceder la licencia que se pide con que ayan de estar 
sujetas al Ordinario y que el número aya de ser de diez 
y ocho religiosas de relación que las doce plazas sean 
para españolas y las seis que es la tercera parte para 
indias, hijas de Caciques y no de inferior calidad, pues 
para estas quedan Beateríos en la misma Ciudad en que 
se puedan recojer y que aunque las seis plazas que se 
aplican a las indias Caziques estén vacas no puedan entrar 
españolas en ellas, porque han de quedar reservadas 
precisa e indispensablemente para indias de la calidad 
que se previene y que se dé a entender a la Abadesa de 
las Capuchinas de esta corte como se ha ejecutado que 
antes que se use de esta gracia deberá tener poder en que 



103 



se obliguen las colegialas a guardar la regla que han d« 
observar, teniendo por conveniente que para establecer la 
de su Instituto pasen del convento de esta Corte o de otro 
de estos Reynos dos Religiosas para instruirlas en ella, 
precediendo que el Administrados del Beaterio de la dicha 
ciudad aya de subministrar los medios necesarios para su 
condución y decencia hasta ponerlas en ella, en cuya con- 
formidad por la presente doy y concedo licencia para 
erigir y fundar el dicho convento de Religiosas Capuchinas 
en la casa en que oy se conserva el Beaterio con el título 
de Jhs. Maria y Joseph y las calidades expresadas y mando 
a mi Virrey, Presidente y Oydores de mi Audiencia de 
la ciudad de los Reyes y ruego y encargo al Arzobispo 
de la Iglesia Metropolitana de ella que cada uno en la 
par^e que le toca den las órdenes y providencias que con- 
venga para su entero y puntual cumplimiento, sin permi- 
tir que se ponga en ello embarazo ni impedimento alguno, 
antes si les den y hagan dar el favor y asistencia que para 
poner en ejercicios obra tan del agrado de Nuestro Señor 
y beneficio común de aquel Reyno les pidieren y huvieren 
menester que asi es mi voluntad. Fecha en Madrid, a 
31 de Diciembre de 1698 años. — Yo el Rey. — Por man- 
dato del Rey N. S. D. Martín de Sierra Alta. 

Archivo de Jesús María 



Documento N 9 7. Carta de los Indios Nobles del Cuzco 
a S. M. 1706 

Señor. — Los 24 electores principales, Alférez Real, 
Sargento Mayor, Caciques principales y Governadores, 
descendientes de los Señores Ingas que fueron de estos 
Reynos en esta gran ciudad del Cuzco, caveza del Perú, 
vasallos leales de V. Mag. nos postramos a sus Rs. pies 



104 



aoii el mayor rendimiento que devemos y con toda la 
confianza que nos asegura el cathólico y benigno pecho 
de V. Mag. inclinado siempre a los que le claman desde 
su mayor pequenez y humildad. Y decimos que habién- 
dose servido Dios Nuestro Señor de favorecer e ilustrar 
con su gracia al Hermano Nicolás de Dios, indio noble 
de este Reyno, para que floreciese en muy singulares 
virtudes, de que son testigos todos los moradores de la 
ciudad de Lima, donde vivió y murió el año pasado 
de 1677, governando estas provincias el Conde de Caste- 
llar, quedó la casa de su havitación hecha congregación 
y recogimiento de Doncellas españolas, pobres que havía 
reducido en ella y mantenía y alimentava dho Hermano 
Nicolás con el sudor de su trabajo en el oficio que exerció 
de sastre, conserbándolas en gran virtud y ejemplo con 
edificación y veneración de los vecinos de todas clases de 
aquella populosa república y de estos pequeños principios 
fueron experimentándose por la bondad de Dios tales 
aumentos en la opinión de aquella casa que se hizo digna 
de la Real protección de nuestro Cathólico Monarca y 
Señor D. Carlos Segundo (que esté en gloria), sirviéndose 
Su Mag. de conceder licencia para fundar en dha casa 
Monasterio de Religiosas Capuchinas, en cuyos espiritua- 
les progresos no tienen poca parte la cooperación y celo 
de la Hermana María Jacinta de la Santísima Trinidad la 
qual haviendo vivido en matrimonio con dho. Hermano 
Nicolás los últimos 18 años de su vida, sin desayudarle 
a la continuación de los virtuosos ejercicios en que la 
empleaba, permanece hoy con el mismo recogimiento, con 
grande abnegación y modesta humildad y con notorio 
consuelo de las doncellas que tiene en su compañía. 

Y fue de suerte lo que se conmovió la república en la di- 
chosa muerte de dicho Hermano que salió esta conmoción 
hasta sus comarcas y parajes más distantes, por estar todos 



105 



lleno* de la fama de su piedad y virtudes esclarecida» y 

con la experiencia de haverse vÍ9to con su invocación 
frecuentes maravillas y milagros que a obrado Nuestro 
Señor por sus ruegos, se procedió a pedir ante el Ordi- 
nario de dicha ciudad de Lima facultad para hacer las 
Informaciones de su Vida y Virtudes, que, obtenida, fue 
crecido el número de los que juraron de ellas; las quales 
haviéndose remitido a la Curia Romana, tuvieron breve 
y feliz despacho, para que, vista y examinada esta causa 
con la exacción y seriedad que pide tan grave materia, fue 
aprobada en dicha Curia y se remitió orden para que en 
Lima se hiciese la plenaria información con autoridad 
apostólica. 

Y siendo, Señor, esta causa de un indio, natural del 
Perú, vasallo de V. Mag. de cuya calificada virtud se ha 
de seguir grande gloria a Dios y aliento a los demás 
indios de este Reyno en todas sus Provincias, asi los que 
han venido al conocimiento del verdadero Dios y son hijos 
de la Iglesia Católica, como a los muchos que permanecen 
en su gentilidad y havilan las montañas y cordilleras de 
este dilatado Reyno, que, sabiendo que a un pobre indio 
como ellos, porque sirvió a Dios, lo aclaman y veneran 
los españoles, se pueden animar eficazmente a dejar los 
horrores de su gentilismo, entrándose por las puertas de 
la Iglesia a ser hijos de Dios y vasallos de V. Mag. 

Al fin la certificación del escribano D. Felipe de Aré- 
valo y Ayala de ser aquellas las firmas de los 24 electores 
Ingas, Caciques & de las ocho Parroquias del Cuzco. 

Archivo de Indias. Sevilla. Lima 536. 



106 



Documento N° 8. Representación de Los Indios de Lint* 
al Excmo. Sr. Arzobispo 



Illmo. Señor. — Los indios que firman este escrito por 
si y en nombre de los demás del común y naturales de 
esta ciudad, puestos a los pies de Vuestra Sria. Illma. 
dicen que se hallan sumamente desconsolados y todos los 
vecinos de esta dicha ciudad con la suspensión de las dili- 
gencias del Hermano Nicolás de Dios pues se ignora el 
estado que tienen, siendo el deseo de todos el que se ade- 
lanten como lo manifiestan las limosnas a que concurrie- 
ron para sus informaciones y siendo uno de los principales 
Jueces de estas diligencias V. Sria. Illma. esperan los 
suplicantes el que atienda su prosecución para cuyo 
efecto. — 

A V. Sria. Illma. piden y suplican se sirva de mandar 
se prosiga en dichas diligencias sin omisión alguna, pro- 
tegiéndolas V. S. Illma. con todos los demás señores 
conjueces, así por requerirlo la materia como por ser 
pertenecientes a dicho Hermano Nicolás de Dios que por 
Indio debe ser atendido para que la virtud con que; 
floreció sirva de ejemplo y sea la mayor honra y gloria 
de todos y se conmuevan con mayor empeño y devoción 
los ánimos, mediante el patrocinio de V. Sria. Illma. en 
que recibirán merced con justicia que piden. — Juan de 
Rios S. D. Domingo de la Cruz. 

Ach. Arzobispal. Lima. Causa del H. Nicolás de Dios. 



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